artículo no publicado

Golpes, pronunciamientos y etiquetas fáciles

Todo el procés fue un simulacro, y ha sido un gran desperdicio de fuerza. Pero eso no significa que deba juzgarse como si no hubiera ocurrido.

Hace unas semanas, el historiador Santos Juliá publicó un El País una tribuna, titulada “Doblegar al Estado”, donde decía que la Declaración Unilateral de Independencia que proclamó el Parlament de Catalunya, los días 6 y 7 de septiembre y el 27 de octubre de 2017, fue un “pronunciamiento civil”: “pronunciamiento significa, en el DRAE, ‘alzamiento militar contra el Gobierno’, pero desde octubre de 2017 habrá de significar también la liturgia civil seguida por los nacionalistas catalanes que, como titulares legítimos de un poder de Estado, se alzaron no ya contra el Gobierno, sino contra el Estado cuyo poder ostentaban.” En un texto en la web CTXT, el politólogo Ignacio Sánchez Cuenca le responde diciendo que no hubo tal golpe de Estado o pronunciamiento, y que “utilizar estas categorías para entender la crisis catalana carece de rigor. Y, lo que es peor aún, nos condena a resolver el problema a través de la justicia penal, pues nada cabe negociar ni pactar políticamente con quienes participan en un intento de golpe”. Sánchez Cuenca usa el tono de alguien decepcionado: piensa que Santos Juliá, que no es la caverna de la derecha pero es “liberal”, está usando “las lentes de un nacionalismo español intolerante que parecía superado”. Para el politólogo, lo ocurrido es una “crisis constitucional profunda producida por un choque de legitimidades. En una crisis constitucional se desobedecen las normas, se cuestiona y desafía el orden jurídico, pero no se utiliza la violencia.” Es un análisis interesante que se ve empañado por su manía por acusar a un fantasma de nacionalismo español de estar detrás de un uso manipulador del concepto.

Juliá le responde en un artículo contundente, donde critica sus acusaciones ad hominem (a las que está acostumbrado el politólogo, que se autoproclama azote de la intelectualidad del “régimen del 78” y escribió un libro cargado de ataques personales), dice que no hace falta la violencia para realizar un pronunciamiento o alzamiento (otro debate es si hubo violencia para hablar de “rebelión”, como afirma el Tribunal Supremo) y explica que

“Doblegar al Estado” trataba de pronunciamiento, que es, como la misma palabra indica, un acto de habla con todos los ingredientes de los enunciados performativos: 71 diputados con su presidente de Gobierno al frente se reúnen en una sala del Parlament de Catalunya, se pronuncian y declaran constituida “la República catalana, com a Estat independent i sobirà, de dret, democràtic i social”. Lo hacen de la manera más solemne posible: tomándose por “els legitims representants del poble de Catalunya”; desde instituciones catalanas del Estado español y vulnerando la Constitución y el Estatuto de Autonomía que son las fuentes directas de su poder, legítimo en su origen, ilegítimo e ilegal, y presuntamente delictivo, en este concreto ejercicio, en sus antecedentes y en sus secuelas.

Todo el procés fue un simulacro, y ha sido un gran desperdicio de fuerza. Pero eso no significa que deba juzgarse como si no hubiera ocurrido. Sánchez Cuenca analiza la respuesta a un desafío que para él no existe; es decir, se centra en la respuesta (el 155, el nacionalismo español que se ha despertado) como si no hubiera un desafío original. Si uno lee lo siguiente: “Con motivo de la crisis constitucional catalana, el nacionalismo español se ha reactivado con fuerza y ha sacado su figura más siniestra, la del desprecio al principio democrático”, piensa que lo ocurrido en Cataluña es simplemente un choque de legitimidades y no un golpe institucional planeado durante meses y años. Cree que el procés, incluso a estas alturas, tiene más que ver con una demanda popular y un cuestionamiento legítimo al “demos” que con un proceso populista de construcción nacional. El procés se parece más al Brexit que a una revolución popular de radicalización democrática (aunque Sánchez Cuenca comparte en cierto modo el deseo de recuperación de soberanía de los Leavers; acusa a los Remainers de ser una minoría elitista, cumpliendo con el tropo anticosmopolita clásico, y etiqueta antes que razona).

En otro artículo sobre Cataluña escribe que “una democracia debe ser capaz de procesar demandas difíciles e incómodas como la de secesión de un territorio”. Es extraño que alguien progresista tenga una visión tan naíf del Estado, como si el troceamiento de la soberanía fuera algo perfectamente asumible por un Estado y no supusiera la ruptura de la legitimidad democrática: ¿cómo defender unos derechos y libertades si el espacio jurídico donde se representan, y donde tienen sentido, está sujeto a la arbitrariedad de una minoría, que además impone por la fuerza sus postulados?

Sánchez Cuenca piensa que los intelectuales españoles están obsesionados con la idea de España (que no lea a los franceses porque puede quedar en shock), y cree que detrás del discurso del patriotismo constitucional hay realmente un nacionalismo peligroso y acomplejado. Es cierto que detrás de todo nacionalismo cívico está la semilla del nacionalismo étnico: lo extraño es que Sánchez Cuenca sepa adivinar el peligro de un nacionalismo español latente cuando uno catalán explícito, populista y autoritario es transparente en sus intenciones supremacistas. Está atrapado en la idea de que un nacionalismo alimenta a otro (siempre tiene claro cuál alimenta a cuál, y no es precisamente el de un sol poble) y considera que la mayoría de críticas al procés provienen desde posturas nacionalistas españolas. Es un experto de la caricatura, el esencialismo y el cherry picking, y no es capaz de escapar de los sesgos que los nuevos politólogos (de los que es “padrino”) pretendían denunciar al incorporarse al debate público en los últimos años. De un analista serio y riguroso, cualidades que exige con frecuencia a los demás, debería esperarse algo más que la etiqueta fácil de enemigos imaginarios.