artículo no publicado

“El futuro ha perdido su carácter inequívocamente positivo”. Entrevista con Manuel Cruz

¿Por qué ha entrado en crisis la idea de progreso?

Se pregunta Manuel Cruz (Barcelona, 1951) en La flecha (sin blanco) de la historia (Anagrama) si “el futuro no habrá acabado por revelarse como el más desmesurado e inoperante de los sueños”. El ensayo del filósofo –y actualmente diputado socialista en el Congreso– ha sido reconocido con el último Premio de Ensayo Miguel de Unamuno, e indaga en el inesperado derrumbe de la idea de progreso que dábamos por segura y lineal. Denuncia la relegación de la política frente a los dictados económicos, pero critica a su vez el simplismo de la crítica al sistema en una realidad que reconoce compleja e inasible. ¿La competencia asiática? ¿La disrupción tecnológica? Todo contribuye a explicar la situación, pero nada termina por perfilar un contorno nítido de la malaise occidental.

Menciona el “profundo estupor con el que encaramos el porvenir”. Esto casa mal con los datos objetivos de progreso material global.

Podría estar dándose el caso, aparentemente paradójico, de que quienes, por razones culturales, ni pensaban en términos de progreso se estén beneficiando de evidentes mejoras en su calidad de vida, mientras que quienes creían contar con él, quienes soñaban con que una especie de fatum positivo terminaría arrastrándoles hacia lo mejor, hoy se sientan decepcionados. Con otras palabras, la pregunta “¿progreso, para quién?” es de todo punto pertinente.

¿Y ese “para quién” lleva a diferenciar entre realidad y expectativas?

La crisis de la idea de progreso está relacionada con las expectativas que nuestras sociedades alimentaron durante mucho tiempo y que, en la medida en que parecían irse cumpliendo, contribuían a reforzar y generalizar el convencimiento de que las cosas tendían inexorablemente a mejorar. De ahí que el lenguaje de “el día de mañana” para nombrar ese lugar imaginario en el que acabarían por materializarse los propios sueños tuviera una cierta verosimilitud.

¿Entonces, qué ha pasado?

Por simplificar, lo que parece haber perdido el futuro es sobre todo su carácter inequívocamente positivo, y ha ido irrumpiendo también el convencimiento de que puede ser el espacio en el que se materialicen un montón de amenazas que parecen revolotear sobre nuestras cabezas. 

Esta desconfianza en el futuro en una época hipertecnológica no se vio durante la Segunda Revolución Industrial. ¿Qué hace diferente una época y otra?

Una cosa que ha ocurrido es que han ganado una enorme visibilidad los efectos negativos del desarrollo del complejo científico-técnico. Bastaría con pensar en el origen de alguna de esas amenazas a las que me refería hace un instante. La preocupación por el cambio climático, por la proliferación de armas de destrucción masiva, por las nuevas pandemias, por no hablar de cuestiones de otro tipo, como la invasión de nuestra intimidad o el control sobre todos los aspectos de nuestras vidas, viene indisolublemente ligada al hecho de que lo científico-técnico se ha convertido en una enorme fuerza productiva que está transformando por completo nuestro mundo.

Ahora no tenemos tan claro que los avances sean a mejor

No quisiera que se interpretara que estoy lanzando meras apreciaciones subjetivas. Por razones de mi trabajo parlamentario, el otro día me tropezaba con datos proporcionados por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología y por el Observatorio Español de I+D+i. Según ellos, el porcentaje de encuestados en el periodo comprendido entre 2002 y 2016 que opinaba que los beneficios de la ciencia y la tecnología son superiores a los perjuicios fue evolucionando del 46,7% inicial al 54,4% más reciente. En el momento de mayor pesimismo respecto a la ciencia, en 2006, el porcentaje se quedaba en el 44,8% y en el de mayor optimismo, en 2014 no alcanzaba al 60% (el 59,5% para ser exactos). Lo menos que se puede decir es que el recelo respecto a la ciencia es un hecho, y no ciertamente menor.

Sostiene que “cada generación necesita una épica propia”. Valga la contradicción: ¿hay una épica de la normalidad en la democracia liberal? Parece una batalla perdida.

La “épica de la normalidad” bordea el oxímoron. La normalidad es, por definición, poco épica, a no ser que la narremos de tal manera que aparezca como algo excepcional. Visto esto con perspectiva, si la batalla de la épica generacional fuera hoy una batalla perdida, que no estoy seguro, se debería no tanto a un déficit de acontecimientos históricos con los que las nuevas generaciones se puedan identificar, sino más bien a un superávit de los mismos. Pero si acabo de decir que no estoy seguro de que la batalla esté perdida es porque la generación, y el acontecimiento, se constituyen ex post facto, a toro pasado, cuando va precipitando el relato de unos determinados años. Y a este respecto, por hablar de lo que todavía está pasando, albergo pocas dudas de que en no demasiado tiempo empezaremos a oír hablar de la generación del 15-M.

¿Qué papel juega en este pesimismo el liderazgo político o su carencia?

Tal vez habría que reconsiderar la valoración tajantemente crítica de los liderazgos e intentar aquilatar con más precisión la función que cumplen. Veríamos la lógica a la que responde su auge, que muy probablemente esté relacionado con la creciente, desmesurada, complejidad de lo real. El líder es alguien que infunde confianza a los suyos, y hace tiempo que sabemos que la confianza es fundamental en todas las esferas de nuestra vida. El líder, en el fondo, lo que hace es antropomorfizar las propuestas políticas, reducir a una figura humana manejable toda una propuesta programática que los individuos no están en condiciones de abordar y entender.

Lo anterior, ¿no tiene que ver con un descuido en las enseñanzas humanísticas?

Se ha terminado por identificar racionalidad en general con racionalidad económica. Se manifiesta con particular claridad en el de la enseñanza, donde hemos terminado por identificar la utilidad con la utilidad económica. De tal manera que, cuando alguien pregunta para qué sirven determinados estudios, lo que está preguntando es para qué profesión habilita. Yo me pregunto: ¿Es eficiente una sociedad de individuos educados en la insolidaridad y el individualismo? ¿Qué democracia puede defender quien, pongamos por caso, todo lo que cree saber sobre su contenido es que consiste en introducir una papeleta en una urna?

Insiste en un concepto con gran carga moral y consecuencias políticas: el de víctima. Llegamos a la sociedad “desresponsabilizada” de cualesquiera decisiones que tome. ¿Vivimos una regresión a una democracia infantil?

Hace poco recordé las primeras palabras de un libro del ensayista italiano Daniele Giglioli, Crítica de la víctima. Se leía allí que “la víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable”. Obviamente, esto conecta directamente con esa actitud regresiva, en cierto modo infantil, a la que alude la pregunta, y que en cierto modo ya había tematizado Pascal Bruckner en su magnífico libro La tentación de la inocencia.

¿Es posible un reformismo socialdemócrata en el mundo hipertecnologizado y financieramente globalizado actual?

La socialdemocracia está en crisis precisamente porque ha triunfado. El momento fundacional del Estado del Bienestar empieza a quedar muy atrás, y la ciudadanía europea se ha acostumbrado a convivir con él, a dar por descontada la universalización de derechos esenciales. Pero si decía que no habría que descartar que precisamente este triunfo del horizonte socialdemócrata se encuentre en el origen de su actual crisis es porque la generalización de las prestaciones sociales (incluso en países con gobiernos conservadores) ha convertido en menos necesario el discurso que las reivindicaba.

En un mundo hipercompetitivo, con China en la Organización Mundial del Comercio desde 2001, ¿qué elegiría Occidente si llegara a la conclusión de que la democracia no es competitiva en una economía global sin vuelta atrás?

Occidente lleva tiempo barruntando las limitaciones de la democracia. En realidad, el viejo esquema, tan caro al liberalismo más clásico, según el cual democracia y libre mercado constituían dos caras de una misma moneda, ha empezado a hacer agua por todas partes. Los viejos liberales solían decir que cuando se prescinde de uno de los dos elementos estamos, o bien en las dictaduras colectivistas, o bien en las repúblicas bananeras. Lo que es como decir: o se prescinde de la libertad o se prescinde de la producción de riqueza. Libertad y eficiencia económica resultaban en este esquema por completo inseparables.

Pero aquí aparece China o la eficiencia sin democracia, con admiradores entre los líderes de las potencias occidentales

No solo ha podido alcanzar el máximo de eficiencia económica sin mostrar el menor interés por las formas democráticas de gobierno, sino que alguien podría llegar a sospechar que ha alcanzado su condición de auténtica locomotora de la economía mundial gracias precisamente a eso. En eso que llamamos “Occidente” no resultaría tan fácil la operación, entre otras cosas porque la cultura democrática, además de estar arraigada en la mente de los ciudadanos, está materializada en las instituciones.