artículo no publicado

Semanario simiesco #3: Antes de la jaula

María Elena Hoyo, quien fuera directora del zoológico de Chapultepec, recuerda los años en los que se hizo cargo de la crianza de Toto, el orangután.

Domingo 4 de marzo. 11:30 de la mañana. Esta vez me acompaña una amiga a ver a Toto. Nos abrimos paso entre la gente. Imagino a los niños del futuro, es posible que ya no visiten zoológicos. Los animales se están extinguiendo y, francamente, venir a verlos rondar unos metros cuadrados es más un espectáculo circense que otra cosa. Yo misma me pregunto, más que la primera vez que vi a Toto, qué hago aquí. Creo que mi amiga piensa lo mismo de mí, pero no me lo dice. Ha mostrado una fascinación disimulada tras haberle hablado yo de él.

Llegamos a la jaula o al albergue o a la mazmorra. Toto está en el suelo, escondido detrás de una tarima, en el cuarto oscuro, contiguo al que tiene los árboles artificiales. Permanece allí, hecho un nudo. Veo algunos objetos en el suelo: un garrafón de agua vacío, una caja, una manzana amarilla de plástico y, algo que me intriga: una especie de libro-caja como aquellos de utilería que usaban en los programas de televisión. El libro, incluso, tiene un título de dos palabras. Todo esto lo alcanzo a ver, o a suponer, entre la suciedad del vidrio que nos separa y la ausencia de luz en la que él se encuentra enrollado allí, al fondo. 

Lo llamo. Lo vuelvo a llamar. La gente lo mira, a pesar de que vemos solo las rastas de su pelo. De pronto, se mueve y se acerca al cristal. Una vez más, lo hace justo frente a nosotras. A estas alturas, creo que Toto me reconoce. Pega su rostro al cristal para ver quiénes estamos del otro lado. Oprime su piel contra el vidrio, gris oscura, suave. Se va hacia la jaula contigua y se sube al árbol. Orina un poco y se queda enseñándonos su cuerpo inmenso. Estira un brazo y se toma de una de las mangueras-lianas de bombero. Permanece varios minutos así. Luego, trepa un par de metros, si acaso, y se sube a la parte más alta del tronco de cemento para acostarse, dándonos la espalda. Es un ovillo de alto tonelaje allí arriba, un cuerpo magnífico que se ha vencido. ¿Duerme? Me pregunto. Mi amiga y yo nos vamos y volvemos para ver si Toto ha bajado de nueva cuenta. Y no. Allí ha decidido quedarse en este mediodía. Le importa poco que afuera haya una multitud.

totoarbol
Foto: Daniela Tarazona Velutini

 

En la primera entrega de esta serie escribí que registraría la vida de Toto en el zoológico, pero no imaginaba su fabuloso pasado. Por eso busqué a María Elena Hoyo, su madre no biológica, para que me contara cómo crió a Toto y a Jambi, su hermano, que murió en 2015.

María Elena Hoyo fue directora del zoológico de Chapultepec de 1983 a 1997, aunque trabajaba con las crías de animales desde 1978. 

Hay algunos datos mencionados en la segunda entrega de esta serie, “Vivir entre humanos”, que María Elena precisa. Woodie y Lizza, los padres de Toto, no nacieron en Borneo y Sumatra, sino en cautiverio, y no vinieron del zoológico de Cincinnati, sino del de Memphis, Tennessee. Tuvieron cuatro crías, no cinco: Alejandro, Woolie, Toto y Jambi. En 1990, Alejandro, murió de hambre porque Lizza no producía leche; Woolie falleció a causa de una infección intestinal.

En ese contexto, María Elena decidió encargarse personalmente de la crianza de Jambi, recién nacido y, un año más tarde, de la de Toto. Toto y Jambi vivieron cuidados 24 horas al día por María Elena y llegaron a la vida adulta. Los llama sus hijos. 

“No debió ser. Pero yo no tenía gente. La gente no me trabajaba. No se iban a llevar los bebés a sus casas, y no iban a dormir en el zoológico, puesto que ya lo habían demostrado con dos. Ellos perdieron dos. Y yo regresé dos vivos. ¿Qué fue el precio? El precio fue muy alto para ellos, para mí ni te cuento. Pero yo lo racionalizo, y pasan los años y aunque me sigue doliendo, bueno, tengo que seguir viva. Ellos no. A ellos les ha hecho falta toda esa serie de estímulos que los han tenido viviendo en un aburrimiento espantoso.”

Jambi y Toto, pasaban la noche en casa de María Elena y las mañanas en un exhibidor del zoológico. Luego regresaban a su oficina a comer y dormir. Y de vuelta a casa. Así fue durante siete años.

María Elena estaba siempre con los orangutanes. Tenía reuniones, mientras los alimentaba, como una madre, sí. “Hay una constancia muy chistosa en un acta que el Oficial Mayor dice: ‘que conste que hubo un animal representando a los animales del zoológico en la junta’, porque estaban decidiendo el futuro del zoológico. Entonces, ya todo el mundo sabía que yo llegaba con mi bebé, y que perdónenme sigan la junta y a darle ahí mamila y todo.”

Toto y Jambi sobrevivieron. María Elena Hoyo dice que no lo haría de nuevo: “como era el mamífero más dependiente, yo no podía soltarlos antes de los siete años, era para mí una actitud irresponsable, como lo veía yo en ese momento. Ahorita te digo una cosa: si me dices ahorita, vuélvelo a hacer, no lo haría, porque les hice más daño que bien. Por querer que vivieran yo dañé unos animales porque los traté como yo hubiera pensado que iban a vivir toda su vida y nunca aposté porque me los iban a meter enclaustrados en una jaula. Yo inclusive compré un terreno muy grande, de una hectárea. Nada más para que ellos dos vivieran solos allí, felices. Todavía tengo el lugar y lo tengo con animales; fue una inversión que hice pensando en ellos, nunca pensé que fueran a quedar en una jaula de cemento. Nunca lo pensé. Busqué su adopción legal.”

 

De aquella época, María Elena recuerda los detalles. No puede ser de otro modo. El pasado fue, quizá, un tiempo en el que era posible intervenir en la vida animal de un modo más humano o más animal, a saber. Elegir hacerse cargo de dos orangutanes hoy, en el siglo XXI, sería tomado como un disparate o, tal vez, como un acto revolucionario.

Allí iba, en los gloriosos años noventa, por las calles cercanas al zoológico, la joven María Elena Hoyo, en su camioneta de regreso a casa, con los dos orangutanes. “Teníamos un payasito en la esquina de Reforma y Palmas que estudiaba biología, enloquecía con ellos cada vez que nos veía, pero andaba de payasito para sacarse sus centavos. Toto, la cuadra antes de llegar al alto, sacaba del cenicero donde yo llevaba el dinero su moneda para darle a su amigo el payasito... esos son Jambi y Toto”.

María Elena me comenta que en el zoológico de León, Guanajuato, hay dos hembras orangutanes y que tal vez sería una buena opción que enviaran a Toto para allá y se probara la convivencia con ellas. Ojalá. Porque a lo largo de su vida Toto no ha sido un animal solitario, ha sido un animal criado por una mujer.

Y es María Elena Hoyo, con quien he estado hablando, capaz de criar a dos orangutanes: me lo repito para creerlo. Y no solo eso. 

María Elena recuerda que como Lizza no producía leche, se solicitó la donación de calostro: “me consiguieron que el hospital de la mujer —sabiendo las mujeres que lo estaban donando— que me donaran un poco de calostro.”

Sobre un episodio en la crianza de Jambi, cuenta:

“Y tenía que ser estéril todo, cambiarme yo una vestimenta estéril que me daban en el zoológico en cuadritos, muy bien empacada y tapabocas y tenía yo que pesar al chiquito antes de comer, pesarlo después de comer; medirle el vientre antes de comer, medirle el vientre cuando una vez que hiciera… una cosa que me llevaba más de una hora, cada hora darle de comer; entonces, llegó el cuarto día y se me quiso morir. Entonces, me aventé una lucha pero de espectáculo en la madrugada y le dije a dios: este no me lo vas a quitar, ya te llevaste dos, este no me lo quitas, porque me he dedicado en cuerpo y alma, porque no me lo puedes quitar y porque va a vivir. Y respira y respira y respira y respira y regresa y regresa y regresa, y que me regresa…  ya hecho un cadáver. Me empieza a jalar un poco de calostro y digo: ya la hice... de aquí a la eternidad.”