A quién le importa que leer sea sexy | Letras Libres
artículo no publicado

A quién le importa que leer sea sexy

En 'Contra la lectura', la ensayista Mikita Brottman critica la moda de "Leer es sexy" y defiende que la lectura es un vicio solitario, y no una actividad virtuosa en sí misma.

Un vicio solitario. En 2008 la ensayista y profesora de literatura Mikita Brottman (Sheffield, 1966) publicó un ensayo sobre la lectura. El título original era The solitary vice: against reading. Blackie Books lo tradujo hace unos meses bajo el título de Contra la lectura. La edición española viene con un prólogo de la autora, escrito ad hoc, en el que aclara los dos argumentos que expone en el libro: que leer no es en sí mismo una “actividad virtuosa; qué se lee y cómo se lee marcan la diferencia”, y que “leer demasiado es, de hecho, algo posible”. También aclara que este libro es profundamente personal y está basado en su propia experiencia: “En cierto sentido, es la autobiografía de una lectora tremendamente inusual y particular”.

¿Leer es sexy? Cuando Brottman publicó este libro, la moda de “Leer es sexy” no había estallado aún en España. La frase de John Waters sobre no acostarte con alguien si no tenía libros en su casa no se había viralizado y aún no había pósters con famosos leyendo en todas partes. Pero ya existían los planes para el fomento de la lectura. Brottman se acuerda de un cartel que veía en la sección infantil de las librerías: “una pareja de osos flotando por el aire agarrados a la cuerda de un globo de colores y, bajo ellos, la frase: ‘Los libros te llevan a lugares maravillosos’.” Pero Brottman tiene algunas cosas que reprocharle a ese cartel: “Es cierto que las historias pueden llevarnos a lugares maravillosos. Lo que los pósters no dicen es que no se puede permanecer allí y, para los niños que han pasado sus primeros años en el más allá de la literatura, la vida real puede convertirse en una terrible decepción. Para ellos, los libros deberían llevar una etiqueta de advertencia: ‘¡Cuidado! La lectura de este libro puede provocar una grave decepción con la realidad!’.” Brottman recuerda su propia adolescencia, encerrada en el ático leyendo y la preocupación de sus padres: una noche escucha a su padre decirle a su madre que la niña está leyendo a Shakespeare. Luego ella miente para que su madre la acompañe a una representación de Noche de Reyes en una iglesia. Brottman dice que su vida social era un desastre. Pero que tenía la esperanza de que al final el mundo se diera cuenta de que las chicas que leen molan, y que no pasa nada por tener mundo interior y el pelo graso. Culpa a las novelas que leía de hacerse esa idea. Y dice, con razón, que tal vez de haber leído Madame Bovary o El Quijote antes habría entendido que las cosas no les van necesariamente mejor a los que leen. Yo leí Madame Bovary antes de los dieciocho y aun así decidí estudiar Filología Hispánica. No se escarmienta en cabeza ajena.

Leer es un placer. Uno de los principales reproches de Brottman tiene que ver con las lecturas obligatorias en los planes de estudios. Dice que son desalentadoras. Es una cosa de la que se habla también aquí. También dedica unas cuantas páginas a criticar libros incriticables, se atreve con los clásicos, y confiesa con cuáles se aburrió, cuáles no pudo acabar y cuáles le parecen sobrevalorados. Pero creo que hay algo de provocación en esas páginas. Así que respondo a su provocación con otra: ¿por qué las asignaturas de literatura deben tratar de fomentar la lectura más que de aportar unos conocimientos básicos sobre la historia de la literatura? Aunque solo sea por corporativismo gremial, prefiero que la gente lea a que no. Y llevando mi provocación aún más lejos: comer también es un placer y todos sabemos que las chucherías son malas y las verduras buenas. Estoy exagerando: como Brottman, creo que el paladar va madurando para los gustos alimenticios y los literarios.

Un historia de la lectura. Una de las cosas que más me ha gustado del libro es la que cuenta el cambio en la percepción del hábito de la lectura a lo largo de los siglos: los peligros que se le atribuían, la preocupación por la perversión de mujeres, pobres, esclavos, una vez que la alfabetización se convierte en mayoritaria. No es casual que use “el vicio solitario” –un eufemismo de masturbación– para referirse a la lectura: dice que ambas actividades tienen mucho en común. Contra la lectura es en parte la historia de la liberación de un hábito y su santificación, quizá un poco artificial, encarnada en los clubes de lectura llevados por famosos.

La libertad individual llega con la lectura. Brottman cuenta el argumento de Noticias de ninguna parte, una novela crítica con el capitalismo, publicada en 1891 y escrita por William Morris. “Morris temía que el potencial atomizador de la literatura de masas, con todas sus opciones y posibilidades estéticas individuales. Permitir que la gente normal y corriente leyera y escribiera lo que les diera la gana conduciría, según él, a un desmoronamiento total de la vida comunitaria y participativa”, escribe Brottman. Me acordé de La hazaña secreta, de Ismael Grasa, y del fragmento en que comenta la lectura de La invención de los derechos humanos, de Lynn Hunt, y cómo “los derechos humanos se han abierto paso de la mano de pequeños cambios domésticos, como son el aseo privado, los dormitorios individuales o el secreter donde escribir cartas personales”. Morris tenía razón: leer y escribir es algo revolucionario.