A quién le importa lo que contamos | Letras Libres
artículo no publicado

A quién le importa lo que contamos

Los escritores de prosa españoles jóvenes no atraen a los lectores. El hecho de que haya muchos no es la única explicación.

Uno de los momentos más terribles a los que se enfrenta un escritor es cuando le llega un mail (antes era una carta) de la editorial avisando de que los ejemplares no vendidos de su libro van a ser triturados. Antes, se los ofrecen a precio de saldo o incluso se los mandan a cambio de que él pague los portes. En mi caso, eso no ha sucedido aún. Pero no porque haya vendido más, sino porque mi editorial es tan pequeña que no tiene grandes tiradas de las que luego, llegado el infeliz caso, deba deshacerse. De haber publicado en una gran editorial, muchos de mis muebles podrían estar hechos con mis libros.

Hace cinco años aparecieron dos antologías de jóvenes escritores, Bajo treinta y Última temporada, que pretendían reunir a las promesas de la literatura española. Casi todos los que salimos ahí, seguimos en el negocio –unos más que otros–, pero eso no es lo relevante: lo sorprendente es que los escritores (hoy) menores de cuarenta nos hemos multiplicado, como las editoriales independientes, como las librerías, pero no como los lectores. De los que presentamos la antología Última temporada, uno –el que es hoy más famoso– dijo que nos leíamos poco entre nosotros. En eso seguramente tenía razón.

Pero no solo nos leemos poco entre nosotros, tampoco nos leen los demás. Eso no significa que algunos no consigan sinceros elogios y hasta un cierto éxito de crítica (pienso en Almudena Sánchez, Aixa de la Cruz, Juan Gómez Bárcena, Sabina Urraca o Alejandro Morellón, por citar solo algunos). Lo que se nos resiste es encontrar público.

De los escritores españoles menores de 40 años hoy solo me vienen a la cabeza dos –y he hecho este ejercicio acompañada con otro escritor menor de 40– que hayan superado la barrera de los 10.000 ejemplares: Sergio del Molino y Gabriela Ybarra. Son dos casos diferentes en algunas cosas (Del Molino tenía una carrera literaria anterior al libro con el que consiguió superar la barrera; el de Ybarra era su primer libro y salió en Caballo de Troya, en el primer año del experimento de los editores invitados), y alguna cosa en común: los dos hablaban de hechos (él de la muerte de su hijo, ella del secuestro de su abuelo por ETA). Como casi todos los casos de éxito, resultan inexplicables. No les quito mérito, lo tienen, pero es la única explicación, hay también una serie de circunstancias coyunturales que no se controlan y que dependen de la calidad literaria.

Lo que me interesa de estos casos de éxito es lo que puede revelar de los demás: ¿por qué no nos leen? El número de escritores con respecto a otras generaciones es superior. Debió de haber una explosión nuclear en los 80, o tal vez fuera la muerte de Kurt Cobain, o que fuéramos adolescentes con Extremoduro o que Ray Loriga nos enseñara una manera de ser estrellas de rock sin saber cantar necesariamente. No somos una generación por muchos que seamos: los jóvenes de verdad nos han pasado por encima. Y tampoco nos han leído. En los 90 ser escritor molaba: hacías lo que querías y luego te podías pasar al cine –donde de verdad hay glamur– y después seguir escribiendo en pijama.

Ahora ser escritor es como no ser nada: hay más escritores que camareros. Y sirve, como mucho, para impresionar a la profesora del colegio que te imagina yendo los viernes a última hora a hacer un cuentacuentos a los niños. Incluso en los 2000 molaba: Soldados de Salamina se publicó en 2001 y fue, seguramente, el último en su especie: un libro que supera ampliamente sus expectativas de venta, y que sirvió para colocar y consolidar a un escritor, Javier Cercas.

Ese éxito es inalcanzable, entre otras cosas, por la atomización de todo: editoriales y escritores, pero también prescriptores, discurso y mensajes. Encuentro, al menos, dos excepciones: Andrés Neuman con El viajero del siglo y Llucia Ramis con Cosas que pasan en Barcelona cuando tienes treinta años (“he tenido suerte, se ha convertido en un longseller”, explica Ramis, cuyo debut se publicó hace ahora diez años). Por cierto, los dos, Neuman y Ramis, son del 77.

Después de esa antología han seguido publicando escritores menores de 40 años que podrían haber sido incluidos en la antología. Me acuerdo de uno que, en la presentación de su primer libro, me dijo que el Nobel a Bob Dylan le parecía terrible porque suponía un desaliento para los jóvenes escritores. Puede que mi pesimismo natural me lleve a pensar que nadie escribe pensando en el Nobel. Aún resuena mi carcajada.