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Fred Vargas: Premio Princesa de Asturias de las Letras para una activista

La escritora y sus posturas políticas, su pasión por lo antiguo y lo animal, y la energía de su literatura.

Fred Vargas (París, 1957) es una escritora muy reacia a las entrevistas. No es fácil establecer una conversación con ella. Se repliega y se oculta. O baja la mirada o taladra al periodista si las preguntas no le interesan. No le gustan los focos ni en el oropel. Si estás frente a ella, es mejor ir con pies de plomo.

Nada que ver con la energía que despliega en su escritura, muy prolífica, y llena de datos que versan sobre la historia medieval, sobre asuntos de la arqueología y sobre la medicina forense que envuelve en esa capa que muchas veces se ha etiquetado como novela negra. En sus novelas, doce de las cuales están protagonizadas por el comisario Adamsberg, Vargas juguetea con el lector, le hace pensar y, sobre todo, como ha señalado más de una vez, espera que después de la lectura algo en él se haya trastocado.

Vargas acaba de recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras, uno de los máximos galardones literarios. Solo hay que ver la nómina de ganadores: Philip Roth, Leonard Cohen, John Banville, Margaret Atwood, Susan Sontag o Doris Lessing, entre otros.

Anne-Hélène Suárez conoce bien a esta escritora. Ha traducido ocho de sus novelas y discute esa imagen de la autora. “Es verdad que suele haber personajes ariscos y tímidos en su obra, pero su manera de escribir no es así. Es muy enriquecedora, con mucha variedad de registros y mucho humor. Es posible que como entrevistada sea bastante seca, pero porque su timidez puede pasar por una actitud hosca”, describe.

Vargas, que adoptó este apellido porque era el que había adoptado su hermana Jo Vargas, pintora, con la que tiene una estrecha relación –en sus novelas suelen aparecer muchos aspectos de la gemelidad– llegó al mundo de la escritura en 1986 “por diversión”, según ha señalado ella misma. Procedía del ámbito científico. Arqueozoóloga –es decir, alguien que estudia los restos de animales en yacimientos de antiguas culturas– e historiadora, se especializó en la historia de las epidemias, concretamente de la pulga que transmitía la peste y la literatura se le cruzó, precisamente, cuando opositaba para el CNRS (Centro Nacional de Investigación Científica).

De ahí que esta pasión por lo antiguo y lo animal se perciba en sus novelas. Así lo destaca también la traductora Suárez: “Es verdad que estamos hablando de novela negra, pero sus textos son muy originales y en sus tramas hay muchos asuntos relacionados con la historia, la arqueología y los animales. Por ejemplo, tiene un personaje que está obsesionado con la ictiología. Y siempre hay algún animal que aparece en la trama”. Y pasajes como el de unos cuantos policías persiguiendo a un gato en La tercera virgen u otros intentando salvar a cinco crías de mirlo en Cuando sale la reclusa, su última novela publicada en español, editada, como las demás, en Siruela.

Su conocido activismo animalista bebe de su posicionamiento político ligado a los movimientos ecologistas que nacieron en el mayo del 68. De hecho, no solo se describe como defensora del animalismo sino también del feminismo, dos movimientos que ahora viven su tercera oleada. Cuando sale la reclusa es un alegato contra la violencia y los abusos. Fue escrito antes de que estallaran casos como el de Weinstein. Sin embargo, aunque feminista, ha sido crítica con aquel mayo y con las consecuencias no deseadas de algunas conquistas: “Ahora las mujeres tenemos que ocuparnos de la casa, de los hijos y de la profesión. Durante mucho tiempo yo solo pude escribir en vacaciones. Mayo del 68, definitivamente, mató a las mujeres. Ahí nos equivocamos”, afirmó en una entrevista en 2009.

Su compromiso la ha llevado también a defender casos como el de Cesare Battisti, un exmiembro de las Brigadas Rojas Italianas condenado a cadena perpetua refugiado en Brasil. Battisti estaba acusado por Italia de cuatro homicidios, pero la escritora defendió su inocencia. Es más, se implicó tanto que en Un lugar incierto escribió un episodio en el que criticaba abiertamente a la justicia. Luego se arrepintió: “No se puede escribir cuando uno está ofendido porque no salen las cosas”, reconoció.

Fumadora y aficionada a una buena copa de vino –quien esto escribe la vio una noche arrancarse al baile y al cante mientras disfrutaba de una de ella: adiós a la timidez– Vargas ha conseguido con este Princesa de Asturias llevar la novela negra a esos estantes donde ya la han colocado otros escritores como Pierre Lemaitre, que obtuvo el Goncourt, o Leonardo Padura, que también ganó el mismo premio que ella. Porque como dice su traductora, que destaca libros como La tercera virgen, cuya edición española ganó el premio Stendhal de traducción, y Sin hogar ni lugar, “su literatura es de alta calidad, no es novela negra de entretenimiento sino de calidad, y muy culta. Es una literatura que puede leer todo tipo de lector, pero siempre es muy interesante, también por la inclusión de elementos históricos y observaciones sobre los animales, o cuestiones como un juego de palabras medieval que pueden ser claves para el relato, como ocurre en La tercera virgen”.