artículo no publicado

Encuentra el guisante, no el príncipe

El amor, la ciudad y la vida no vivida: algunos de los temas del segundo volumen de memorias de Vivian Gornick.

Un hombre y una mujer toman café. Él es Leonard y ella, la escritora Vivian Gornick (Nueva York, 1935). Los dos son solteros. Hablan todos los días y quedan una vez a la semana. Hablan y hablan y hablan: “Nuestro tema es la vida no vivida”. Los dos tienen la capacidad de bajar el entusiasmo del otro, si es que se da. A la pregunta de cómo está, Leonard responde: “Como si tuviera un hueso de pollo atascado en la garganta”. De él dice Gornick: “Es un gay inteligente e ingenioso, sofisticado en lo que respecta a su infelicidad”. Sobre su amistad, explica: “Leonard y yo compartimos la política del daño. La sensación, en nuestro interior, de haber nacido en una injusticia social preestablecida”. Estas conversaciones estructuran La mujer singular y la ciudad, la segunda entrega de las memorias de Vivian Gornick, después de Apegos feroces, publicada en 1987. El libro está escrito en 2017, Gornick es ya una escritora con el trabajo hecho y eso le da perspectiva para mirar hacia atrás y ver qué ha sido su vida. Si en Apegos feroces eran los paseos y los reproches entre ella y su madre los que guiaban el libro, aquí son los encuentros con Leonard, que se siente tan fuera de lugar como ella y tiene la misma tendencia a la negatividad.

La ciudad. Como en Apegos feroces, Nueva York es mucho más que el lugar por el que pasea Gornick: es la ciudad en la que vive, con la que sueña y es un personaje más del libro. El Nueva York de Gornick no es “ese legendario contexto para el mito de la creación del joven con talento que llega a la capital del mundo”. No. “Mi ciudad es la ciudad de los británicos melancólicos –Dickens, Gissing, Johnson, especialmente Johnson–, aquella en la que no vamos a ningún sitio, sino que ya estamos allí; nosotros, la gente normal y corriente que vaga por estas miserables y maravillosas calles en busca de un yo reflejado en los ojos de un desconocido.” Gornick nació en Nueva York, vivía en el Bronx, “pero durante buena parte de mi vida suspiré por ella igual que alguien de una ciudad de provincias anhela vivir en la capital. Crecer en el Bronx fue como crecer en un pueblo. Desde mi primera adolescencia sabía que había un centro-del-mundo y que yo estaba muy lejos de él”. Es como la declaración de amor de la canción de Vainica Doble “Dices que soy” cuando dice: “Estás enfrente y sueño contigo”. Lo que hay más allá del Bronx es un anhelo y el éxito vital, para la joven Gornick, iría ligado a vivir en West End. Pero nada salió como esperaba. “Cuando sentía que cada vez estaba más fuera de lugar, no había nada que aliviara mejor el dolor y el resquemor que un paseo por la ciudad.”

La mujer singular. Vivian Gornick se casó con un artista. Después se divorció. Se volvió a casar. Se volvió a divorciar. Creía en el amor total, para siempre y perfecto, en parte porque su madre aseguraba haberlo tenido con su padre, que murió de manera prematura cuando Gornick tenía trece años. Una muerte prematura es fundamental para idealizar al muerto. “Siempre pensé que algún día vendría a buscarme el Príncipe Apasionado y, cuando lo hiciera, la vida adoptaría su forma definitiva: definitiva era la palabra clave.” Además de dos maridos, tuvo amantes, relaciones, noviazgos. Algunas se cuentan en este libro. “Hacer el amor era sublime, pero no lo era todo para mí”, escribe. Gornick cambió el amor por el trabajo, aunque “el amor romántico estaba inyectado como un tinte en el sistema nervioso de mis emociones, entrelazado a conciencia en el tejido del deseo, la fantasía y el sentimiento”.

Dos viejas hablando de amantes terribles. Cuenta una conversación con una vecina con la que se encuentra en la farmacia. Le pregunta por su marido, que ha muerto. La señora dice de él que “aunque nunca fue un buen marido, sí fue un gran amante”. Luego le cuenta que lo conoció en Detroit, durante la Segunda Guerra Mundial: “Por entonces nos estábamos organizando. En aquella época, todos se acostaban con todos, y yo también. Pero aunque parezca increíble… –y en ese punto baja la voz drásticamente, como si fuera a contarme un secreto de gran importancia–, la mayoría de los hombres con los que me acostaba no eran buenos en la cama. En realidad, eran malos, muy malos”. Y concluye: “Así que cuando encontrabas uno bueno, no lo dejabas escapar”. “Dos viejas hablando de amantes terribles”, dice Gornick. Este es un libro sobre la vejez: “Cumplir sesenta fue como si dijeran que me quedaban seis meses de vida”.

Bibliografía. Estas memorias son también la búsqueda de referentes, que llegan de la literatura: “A finales del siglo XIX, hombres de genio literario escribieron libros fantásticos sobre mujeres de la época moderna. […] Mujeres sin pareja [The Odd Women –que también se puede traducir como Mujeres singulares] de George Gissing fue la que me interpeló de forma más directa. Veía y escuchaba a los personajes como si se tratara de hombres y mujeres que conocía. Incluso más, me reconocía como una de las mujeres ‘singulares’. Cada cincuenta años desde la época de la Revolución francesa, se había descrito a las feministas como mujeres ‘nuevas’, mujeres ‘libres’, mujeres ‘liberadas’; pero Gissing había encontrado el término adecuado. Éramos mujeres ‘singulares’”. La literatura es otra de las tramas de este libro sin trama: hay citas, resúmenes, interpretaciones y comparaciones entre la vida y la literatura. De las lecturas, de la ficción y la poesía, pueden surgir epifanías que abran los ojos y permitan entender lo que sucede en la vida: “Muy pronto entendí que la vida es o bien chejoviana o bien shakespeariana”; “Fue entonces cuando comprendí el cuento de hadas de la princesa y el guisante. Ella no buscaba al príncipe; buscaba el guisante”.

El cameo. La madre de Gornick no tiene tanto peso en este libro como en el anterior, pero aparece y se intuye su presencia casi constante. Uno de los momentos que más me gusta es cuando Gornick se da cuenta de que lleva años reprochándole a su madre que le rompiera uno de sus vestidos favoritos cuando tenía ocho años mientras ella negaba que eso hubiera sucedido. De pronto, Gornick se da cuenta de que su madre tenía razón y aquello que ella recordaba no había sucedido en realidad.