artículo no publicado

Temblor: el terrorismo y el miedo

Una investigación sobre los efectos del terror en la vida cotidiana.

Gila Lustiger es una periodista y novelista alemana que en 2016 publicó Erschütterung. Über den Terror (Temblor: sobre el terrorismo). Traducido al inglés como We Are Not Afraid (No tenemos miedo), es un libro sobre el terror en Francia y sobre sus efectos en la vida cotidiana. Con apenas 140 páginas, está a medio camino entre la memoria y el ensayo, y trata de mostrar la reacción al terror y los problemas que provoca en la sociedad francesa. Uno de los aspectos más interesantes del volumen es el punto de vista: el de una periodista alemana y judía en Francia, una madre de familia, alguien que siente que la civilización europea es su casa. Tiene rigor moral e intelectual, está familiarizada con la reflexión filosófica sin que sea exactamente lo suyo y conoce los debates franceses pero siente una ligera perplejidad ante ellos.

Quizá lo más inolvidable es el retrato de la irrupción del terror en el ámbito de lo cotidiano. Lustiger no es una víctima ni nadie cercano a ella resulta afectado físicamente. Pero hay una obsesión, parcialmente emocional pero sobre todo intelectual: una especie de desafío periodístico. En cierta manera es algo que sentimos todos cuando se produce un atentado: la necesidad de saber más, de conocer los detalles de los asesinos y de las vidas de las víctimas. La mayoría de las veces, perdemos el interés al cabo de un tiempo: otras noticias, otras tragedias ocupan nuestra atención. No es el caso de Lustiger.

El libro, que arranca tras los atentados de diciembre de 2015 que costaron la vida a más de cien personas en París, recorre un terreno que cubren otros volúmenes dedicados al terror en Francia: las diferencias entre los inmigrantes de primera y segunda generación, la revuelta de las banlieues en 2005, episodios como los asesinatos de Mohamed Merah en Toulouse, manifestaciones propalestinas con gritos de muerte a los judíos (y ataques a veces mortales a esta minoría), la matanza de Charlie Hebdo y la noche sangrienta de París.

En el debate entre la radicalización del islam o la islamización de la radicalización -las tesis, respectivamente de autores como Kepel en Terror en el hexágono o de Olivier Roy en La Djihad et la mort-, Lustiger parece más cerca de las ideas o al menos del relato del primero. Pasa de la perplejidad ante los crímenes a la descripción de su economía y eficacia propagandística. Nuestra época, piensa, produce yihadistas.

Sobre todo cuando escribe sobre los disturbios de 2005, donde se quemaron 10.000 coches y 230 escuelas, guarderías, bibliotecas y comisarías, con movilización de 11.000 miembros de las fuerzas de seguridad y 126 heridos, habla de las dificultades de la integración, con las vidas en las cités y la sensación de humillación de muchos descendientes de inmigrantes. La izquierda, dice, condenó rápidamente a la derecha por abandonar las banlieues, pero quizá no se preocupó por averiguar qué creaba esa frustración. El Estado dejó en algunos casos las zonas a los imanes: ellos ofrecían tranquilidad a cambio de controlar el lugar. En la violencia de los barrios, explica y apoya con datos, las bibliotecas públicas son un objeto preferente.

Si esa parte habla de la vida en los barrios y de las reacciones políticas, en “Izquierda y derecha” aborda el debate de la identidad cultural en Francia, una auténtica obsesión desde hace años en el país vecino. Recrea, con un tono semiparódico que recuerda a películas de Agnès Jaoui o cómics de Lauzier, debates en las comidas entre amigos de derechas, que señalan la incompatibilidad del islam con los valores occidentales, el sometimiento de las mujeres, las aberraciones de la sharía o las intenciones de que sea una legalidad paralela, y los de izquierdas, que hablan de los valores de la diversidad, de la empatía con los desfavorecidos e igualan el sufrimiento con la virtud. A veces, dice, ahora emplean el argumento de los beneficios económicos de la inmigración. (No hace falta decir que la autora se presenta como alguien que está en el sensato término medio.)

Estos debates también se ven renovados por la acogida de refugiados de Merkel y los sucesos de la nochevieja de 2015 en Colombia, con ataques y agresiones sexuales a alemanas. La autora también detalla los asaltos a los judíos, que reciben un porcentaje espeluznante de las agresiones racistas en Francia.

La vida familiar y social está presente: los debates del libro se resumen o se prolongan en conversaciones con su hijo o sus amigos. A veces da una sensación de cercanía y es interesante el efecto de la combinación de la temporalidad histórica y personal: ver cómo crece un hijo entre los disturbios de 2005 y los atentados de 2015, por ejemplo. En otras ocasiones el recurso parece un tanto forzado. Lustiger también recurre a la literatura: entre los autores que cita están Kafka (con la parábola “Ante la ley”) y Hannah Arendt (“Como los mortales construyen el mundo, se desgastan”; “la educación es algo que básicamente hacemos para un mundo que ha perdido o está perdiendo el sentido de la orientación”). Lee muchos estudios sobre la integración, “porque el terrorismo es el rechazo más radical a la integración”.

La parte final tiene algo de elegía y de desafío. Elegía por los muertos: tras leer mucho sobre los perpetradores, lo que le interesa de verdad es conocer las vidas truncadas de las víctimas. Y desafío porque, un poco a la manera de las líneas célebres de Salman Rushdie tras el 11-S, hay algo celebratorio: en el alcohol y la amistad, en la vida urbana. Dice, con Kurt Tucholsky, que en una gran ciudad uno es consciente de que “un pulso que late en venas extranjeras” y toma la idea del metrosociólogo Hans Paul Bahrdt, que define la actitud urbana como el reconocimiento de que otra persona, por raro que sea su comportamiento, posee una individualidad que hace que ese comportamiento sea razonable.

Un poema de Rimbaud sobre la ligereza y la ciudad, “Roman”, que dice que nadie es serio a los 17 años, es el texto que elige la autora para leer poco después de los atentados. Se siente un poco ridícula e impotente, como una amiga que habla de un abrazo espontáneo a un desconocido: El mundo ha perdido el rumbo, dice, y no deberíamos dejar que un escrúpulo arbitrario nos impida intentar que vuelva a recobrarlo.

No tenemos miedo es un libro muy europeo, que trata de un problema global, siempre de actualidad, con una visión íntima y amplia a la vez. Es entretenido e irregular; quizá promete más de lo que da finalmente. Hay libros más detallados y profundos sobre el asunto y, como sucede a menudo, su mayor virtud es su principal defecto: aunque la voz de la autora es lúcida y singular, a veces resulta autoindulgente o cargante. Pero el libro contiene información, es inteligente y ofrece una mirada interesante y distinta.