artículo no publicado

Richard Thaler, el economista que dio “un pequeño empujón” al homo economicus

El economista estadounidense recibió el premio Nobel de Economía "por sus contribuciones a la economía del comportamiento", una disciplina que ha pasado de ser una rareza a situarse en la primera línea del mainstream económico.

El comedor de mi oficina no es muy diferente de cualquier otro comedor colectivo: mientras uno empuja su correspondiente bandeja, coge primero el pan, luego el plato principal y, por último, el postre. Hasta ahí, todo normal. Sin embargo, alguien decidió poner, entre el cesto del pan y los platos principales, una nevera con cuencos de fruta. En más de una ocasión, mientras estoy ante la difícil decisión de si coger natillas o arroz con leche, me doy cuenta de que en mi bandeja ya hay unas cerezas o un par de kiwis. No sé si será por la incomodidad de tener que volver atrás en la cola o por la inercia de haber cogido ya algo de postre, pero muy pocas veces cambio la fruta por el dulce.

Esta anécdota, más o menos trivial, pone de relieve al menos dos cosas: uno, el hecho de que ahora coma mucha más fruta que antes; y dos, lo importante que es el contexto en el que tomamos decisiones. El número de opciones, cómo se nos presentan o en qué orden influyen en nuestras elecciones.

Nada de esto es nuevo: al fin y al cabo, las personas somos humanos, no máquinas. Tenemos sesgos, somos supersticiosos, decimos que este lunes empezaremos la dieta o el gimnasio y sin embargo, cuando empieza la semana, incumplimos todas las promesas. También tenemos (algunos más que otros) un cierto sentido de la ética y de la justicia que guía nuestras decisiones. Además, nuestra racionalidad es limitada: preferimos no perder a ganar la misma cantidad de dinero; nos encariñamos con nuestro tique de lotería; valoramos más un descuento de 5 euros en un libro de 30 que en un televisor de 2000 y gestionamos mal los costes hundidos.

Como digo, nadie se sorprenderá demasiado con estos ejemplos. Sin embargo, hasta hace poco tiempo, los economistas, que dedicamos gran parte de nuestra formación a algo llamado “teoría de la decisión”, no habíamos incorporado aspectos como la racionalidad limitada, los problemas de autocontrol o la existencia de preferencias sociales a la hora de analizar cómo deciden las personas, lo que llevaba a la disciplina, de vez en cuando, a enfrentarse a inexplicables paradojas.

En su conocida serie “Anomalies”, publicada en el Journal of Economics Perspectives, el economista Richard Thaler recopiló y estudió cómo ciertos factores psicológicos influyen en la toma de decisiones. Determinados factores cognitivos, emocionales y sociales que nos desvían del modelo estándar, haciendo que “nos parezcamos más a Homer Simpson que a Mr. Spock”.

El pasado lunes nos llegaba la noticia de que, decenas de artículos académicos y divulgativos y un par de best-sellers mundiales después, Thaler recibía el premio Nobel de Economía “por sus contribuciones a la economía del comportamiento”. Grosso modo, se puede decir que la economía del comportamiento es “una mezcla de economía y psicología”. No es la primera vez que el Nobel de Economía queda en la frontera entre esta disciplina y la psicología: en 2002, Daniel Kahneman recibió este galardón “por haber integrado la psicología en la ciencia económica, especialmente en la toma de decisiones en incertidumbre”, junto con su por entonces ya fallecido coautor, el psicólogo Amos Tversky.

Tras una larga y prolífica carrera que él mismo resume en su libro Misbehaving (Todo lo que he aprendido con la psicología económica en España), Thaler ha logrado que la economía del comportamiento haya sido aceptada e incorporada a la economía más “tradicional”: a día de hoy, los principios de la disciplina se han integrado de forma manejable en el aparataje matemático y estadístico de la economía académica, y se publican decenas de artículos, teóricos y empíricos, sin olvidar que muchas áreas “clásicas” de la investigación económica, como las finanzas o la teoría de juegos, han adoptado enfoques conductuales.

Sin embargo, la economía del comportamiento no ha quedado confinada en las universidades. Ha entrado (en algunos países más que en otros) en ministerios y agencias, influyendo en el diseño de las políticas públicas y permitiendo mejores intervenciones, alcanzando su máxima expresión cuando se utiliza para darle “un pequeño empujón” (un nudge, en inglés) a los ciudadanos, de modo que cambien su comportamiento en una determinada dirección, sin para ello prohibirles nada.

La teoría y la práctica del nudge se pueden encontrar en el libro del mismo título que Thaler publicó junto con el jurista Cass Sunstein, y cuyo subtítulo ya apunta a las potenciales aplicaciones de esta técnica: sanidad, educación, pensiones y, en general, todas aquellas áreas en las que las decisiones de los individuos tienen consecuencias sobre ellos mismos en el largo plazo.

En torno a la utilidad e incluso a la deseabilidad del nudge se ha generado un acalorado debate que trasciende lo económico y que gira en torno a la filosofía del “paternalismo libertario”. Se trata de la idea de que las elecciones de los individuos se pueden (y deben) “manipular” de forma más o menos sutil, de modo que estos vean aumentado su bienestar. Thaler y Sunstein insisten en que este concepto “no es un oxímoron”, y defienden que no solo es posible, sino también legítimo, influir en el comportamiento de los ciudadanos a la vez que se respeta su libertad de elección.

La opción “más deseable” lo será siempre para el experto, el legislador o el tecnócrata, pero, según estos autores, si las preferencias de los individuos están “deformadas” de algún modo (bien por razones de racionalidad limitada, por falta de autocontrol, etcétera) y queremos aumentar su bienestar en el largo plazo, no podemos evitar una cierta dosis de paternalismo. El objetivo del paternalismo libertario es, entonces, “empujar” al individuo a elegir la opción que él mismo hubiera elegido si dispusiera de toda la información disponible, fuera perfectamente racional y tuviera un total autocontrol. Al fin y al cabo, toda intervención pública es, en cierto modo, paternalista.

Como se ve, los debates en torno al nudge y al paternalismo libertario distan de estar cerrados. Lo que no deja lugar a dudas es el hecho de que, en pocas décadas, la economía del comportamiento ha pasado de ser una rareza a situarse en la primera línea del mainstream económico, logrando, entre otras cosas pero sobre todo, que el homo economicus sea hoy un poco más humano.