artículo no publicado

The War on Drugs en Bataclan

La banda estadounidense llena la sala parisina, que hace dos años sufrió un ataque terrorista, con sus melodías melancólicas y vitalistas.

En Shut up and play the hits, el concierto-documental de LCD Soundsystem, que llenó el Madison Square Garden de Nueva York en 2011, en una despedida que luego no fue tal (el grupo acaba de sacar american dream), el estado de ánimo es de una euforia melancólica. Hay escenas de gente en el público bailando y llorando a la vez. Una pareja se abraza mientras salta en la canción “All Friends”. James Murphy, el líder de la banda, es un personaje esquivo, tímido y depresivo, pero escribe hits de música electrónica.

Me acordé de Shut up and play the hits viendo a The War on Drugs en directo, quizá una de las bandas de rock más interesantes de la actualidad. Con The War on Drugs bailo, lloro, y también bailo y lloro a la vez. “Holding on”, de su nuevo disco A deeper understanding, es una canción melancólica y vitalista sobre el amor interracial. Crea una atmósfera cálida y lánguida, pero su batería, como en todos los temas del grupo, es machacona y bailable. Es una tearjerker para saltar y corear. Algo parecido ocurre con “In chains”, del mismo álbum. Adam Granduciel canta “I’m in love, I’m in pain”, pero es inevitable no moverse con la batería, los sintetizadores ochenteros de fondo y los teclados Hammond y Wurlitzer tronando.

The War on Drugs recuerda a veces a Dire Straits o Bruce Springsteen, y la banda actual favorita de Granduciel es Wilco. Su voz, en cambio, se parece a la de Dylan. La banda comenzó en 2005 en Philadelphia, y en ella tocaba Kurt Vile, un obseso de Dylan que luego prosiguió su carrera en solitario (ahora acaba de sacar un disco con la australiana Courtney Barnett, Lotta Sea Lice: el resultado es un dúo de pasotas). Mientras que Vile no ha evolucionado mucho, Granduciel ha ido perfeccionando su sonido con los años. Si uno escucha Slave ambient (2011), Lost in the Dream (2014) y A Deeper Understanding (2017) seguidos observa una evolución hacia una música más elegante, con arreglos y detalles. El cambio radical está entre Slave ambient y Lost in the Dream. De un sonido más sucio, cavernario, a un sonido más cuidado y expansivo, lleno de matices.

A deeper understanding sigue ese camino pero va más allá: Amanda Petrusich dice en The New Yorker que es un cambio que responde a la mudanza de Granduciel de Philadelphia a Los Ángeles, donde ahora vive con su novia, la actriz Krysten Ritter (famosa por la serie de Marvel Jessica Jones). En Los Ángeles, como escribe Kory Grow en Rolling Stone, Granduciel redescubrió a Warren Zevon y se obsesionó con la canción “Accidentally Like a Martyr”, sobre la soledad posterior a una relación, que le influyó para escriir “You don’t have to go”, la canción que cierra el disco. En A Deeper Understanding todo es más ambicioso, amplio y abierto que en anteriores discos. Los temas son largos y acumulativos, como “Thinking of a place”, una canción de once minutos lánguidos y somnolientos que parece (y habla de) un sueño.

The War on Drugs no han pasado por España en su gira europea. Veo a la banda con amigos en la sala Bataclan de París, donde el 13 de noviembre de 2015 murieron 90 personas en un concierto de Eagles of Death Metal. No encuentro placas conmemorativas. La normalidad me molesta, como si fuera el único que sabe lo que ocurrió. Busco caras largas y solemnidad. Pero han pasado dos años. Cuando empieza el concierto, me siento orgulloso, como si bailando estuviera retando a los yihadistas: nada ha cambiado, hijos de puta. Luego lo olvido todo. La banda va añadiendo capas de sonido, llena el teatro de sintetizadores y órganos y solos de guitarra. Detrás de mí, una pareja de latinoamericanos baila riendo, un poco borrachos. Un grupo de fans muy jóvenes nos pide pasar para ponerse más cerca cuando suena “Red eyes”. Bailan y gritan y saltan. Gritan ¡Adam! con acento francés. En el piso de arriba, unos señores de unos sesenta años, con abrigo y un folleto en la mano como si fuera la programación de la ópera, se levantan de las butacas rojas y aplauden y silban.

Antes de ir al concierto, aprovechamos la Happy Hour de un bar cercano y nos tomamos unos vinos. Hicimos un pequeño juego: mi novia escribió un poema espontáneo, un amigo otro, y yo lo intenté. Provocó risas porque no sé escribir poesía y se supone (o eso me dieron a entender) que un poema no debe hacer gracia. En las primeras estrofas hablaba de que no sabía si íbamos a llorar escuchando las canciones más emotivas, porque estábamos muy cansados. Pero sí lloramos. Lloramos y bailamos.