artículo no publicado

Leonard Cohen nos enseñó a darle, elegantemente, vueltas de tuerca al pesimismo

La vida entera de Cohen es una lección de que se puede ordenar la tristeza y la oscuridad, con sabiduría y empatía, componiendo belleza para los demás.

I don't want to be a star, merely dying.

― Leonard Cohen, Beautiful Losers

 

“Tengo la intención de vivir para siempre.” Eso fue lo que le dijo Leonard Cohen a Chris Douridas durante la última entrevista.

Cuando le preguntaron cómo es que mantuvo semejante calidad musical durante tantos años, respondió con su hermosa voz rasposa, bien cansada, “es cuestión de suerte”. Repitió que “si supiera de dónde vienen las buenas canciones, iría a ese lugar más seguido”. Habló de que no tenía ninguna estructura espiritual, y de cómo conoció el mundo a través del vocabulario bíblico, fueron sus referencias primarias. Habló de lo desordenada que estuvo siempre su mente; de la cercanía con sus hijos, quienes colaboraron en You Want It Darker; de la alegría que le provocaron los colibríes y recitó Listen to the hummingbird: Listen to the hummingbird/Whose wings you cannot see/Listen to the hummingbird/Don’t listen to me.

También dijo que si Dios quiere estrenaría otro álbum, “pero uno nunca sabe”.

Después de la depresión que nos causó la victoria de Donald Trump, del miedo que leímos en las personas que el jueves reportaron ataques racistas, misóginos y xenófobos, la muerte de Leonard Cohen es para muchas personas otra pedrada.

Después de las muertes prematuras de Bowie y Prince, la muerte de Cohen, sin embargo, me provoca cierto bienestar. Tal vez un bienestar retorcido. Me parece la prueba de que algunas vidas siguen un curso natural, incluida la enfermedad. Vidas cuya búsqueda creativa progresa hasta un final anticipado y aceptado. Ante la catástrofe política y social, encuentro cierto alivio en la muerte tranquila de un héroe.

“If you are the dealer, I’m out of the game”  es la primera frase de su último disco, más adelante reza, “I’m ready my lord”, una frase que explicó como resultado de un profundo apetito de servir, “aunque no sepa a qué o a quién precisamente he estado sirviendo”.

Cohen se despidió por carta de Marianne Ihlen, cuando hace unos meses ella estaba falleciendo: “Estoy tan cerca de ti que si extiendes tu mano, creo que puedes alcanzar la mía”. Marianne extendió la mano en su lecho de muerte. También se despide en su último álbum, un valiente atrincheramiento del adiós.

Versos de Leaving the Table:

I don’t need a reason

For what I became

I’ve got these excuses

They’re tired and they’re lame

I don’t need a pardon, no no, no no, no

There’s no one left to blame

I’m leaving the table

I’m out of the game

I'm leaving the table

I'm out of the game

You Want it Darker es una separación ceremoniosa con Traveling Light o con It Seemed the Better Way:

I wonder what it was

I wonder what it meant

First he touched on love

Then he touched on death

Sounded like the truth

Seemed the better way

Sounded like the truth

But it’s not the truth today

I better hold my tongue

I better take my place

Lift this glass of blood

Try to say the grace

A la mañana siguiente de la muerte de Cohen amanecimos más solos todavía, pero los versos de Cohen son curativos y son eternos, nos permiten lidiar con los dolores de la vida. Todos nos hemos acompañado de sus palabras y todos hemos aprendido de estas. No exagero: Cohen articuló nuestros sentimientos. Podremos regresar a ellos como quien regresa a un imaginario sagrado.

Y siempre nos contagió esa disposición sardónica a hacer acopio de nuestras penas, rendirnos ante ellas, incluyendo fatalidades históricas, y continuar.

No cualquiera consigue darle una elegante vuelta de tuerca al pesimismo.

La vida entera de Cohen es una lección, si se quiere, de que se puede ordenar la tristeza y la oscuridad, con sabiduría y empatía, componiendo belleza para los demás.

Y de que podemos, por lo menos esta vez, desasociar la muerte de la tragedia.                       

 


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