France Gall, la más yeyé de todas las chicas yeyé | Letras Libres
artículo no publicado

France Gall, la más yeyé de todas las chicas yeyé

El adiós de una leyenda del pop francés.

France Gall (París, 1947 – 2018) parecía destinada a la música. Su timbre encajó perfectamente con la estética de los sesenta: fue la chica yeyé más yeyé de todas las chicas yeyé. Lo tenía todo a favor: el pelo liso y rubio, la voz casi nasal y capaz de cantar cualquier cosa sin esfuerzo. Le daba cuerpo a canciones aparentemente naífs, bailables y de ritmo pegadizo. Su verdadero nombre era Isabelle, pero para que no hubiera confusiones con Isabelle Aubert se lo cambió a regañadientes por el de France, que a ella siempre le pareció “demasiado duro”. En el documental France Gall par France Gall cuenta que lloró cuando le hicieron cambiarse el nombre. Su padre era compositor y había escrito canciones para Édith Piaf y Charles Aznavour. Ella tocaba el piano desde los cinco años y la guitarra desde los once. Había formado un grupo con dos de sus hermanos a los trece años. Poco después grabó sus primeras canciones a instancias de su padre. Empezaron a sonar en la radio el día en que cumplía dieciséis. Su primer éxito fue “Ne sois pas si bête”, una versión de “Stand a little closer”. En 1964 “Sacré Charlemagne”, una canción de su padre que ella detestaba, se convirtió en un éxito total. Poco después comienza su fructífera colaboración con Serge Gainsbourg. De “N’écoute pas les idoles” hasta “Qui se souvient de Caryl Chessman?” –que no llegó a ser publicada–, la pareja firma algunas de las canciones más redondas del pop: “Laissez tomber les filles” –que versionó April March para la banda sonora de Death Proof, de Quentin Tarantino–, “Poupée de cire, poupée de son” –con la que ganaron el Festival de Eurovisión en 1965–, “Nous ne sommes pas de anges”, “Baby pop” o la célebre –por méritos extramusicales– “Les Sucettes” (Gainsbourg se aprovechó de la inocencia de Gall para colarle una canción llena de referencias sexuales más o menos veladas y lo que ella entendía como la historia de una chica a la que le gustan las piruletas era en realidad una oda a las felaciones. Al parecer fue la revancha de Gainsbourg por quitarle la carga negra a “Baby pop”).

Como han escrito en Les Inrock, France Gall era una hasbeen con solo veintidós años. Relanzó su carrera en 1974, junto al compositor Michel Berger, con quien compuso durante dos décadas algunas de las canciones más cantadas por los franceses, como “Résiste”, “Ella, elle l’a” –que han versionado Kate Ryan o Alizee–, “La déclaration” o “Il jouait du piano debout”. Se retiró de la música en 1997, aunque en 2012 escribió el musical dedicado al que fuera su compañero y padre de sus dos hijos Michel Berger, Résiste.

En 1968 en una entrevista con Philippe Constantin, al preguntarle por Gall, Gainsbourg dice: “France Gall es un personaje ambiguo. Bajo la cobertura de una gentileza infantil, es la única de nuestras cantantes pop que ataca de verdad el sistema. Si la toman por una tontita amable se equivocan. Yo la tomaba por una Lolita. Me equivocaba también”. En su nueva etapa con Berger la nueva France Gall dejó las faldas y los vestidos yeyé, que sustituyó casi siempre por vaqueros. Lo único que no dejó (ni en los ochenta) fue el flequillo. Nunca volvió a interpretar en público sus primeros éxitos (excepto una versión de “Attends ou va-t-en” en 1996). Como si quisiera liberarse de esa etiqueta que no había elegido, su carrera es la pelea por hacer que las letras de las canciones que entonaba con cierta alegría y despreocupación no se convirtieran en una profecía: “Soy una muñeca de cera / una muñeca de sonido / Mi corazón está grabado en mis canciones”; “Mis discos son un espejo / en el que cualquiera puede verme”; “A veces suspiro sola / y me digo ¿para qué / cantar al amor sin razón / sin saber nada de chicos? / Algún día viviré mis canciones / sin temer el calor de los hombres”, en “Poupée de cire, poupée de son”. Las canciones pop que surgieron de la colaboración Gall-Gainsbourg atrapan porque en su género son perfectas, pero además tienen algo más, algo precisamente más ambiguo, como la propia voz de Gall que es a la vez infantil y madura. Como sucedía con su propia imagen de niña inocente y feliz, y al mismo tiempo profundamente melancólica. Esa dualidad estaba también en el timbre de su voz y es lo que la distinguía de Françoise Hardy y Sylvie Vartan, con las que forma la triada pop francesa. El estribillo de “Baby pop” es un buen ejemplo de eso. No puede sonar más alegre y al mismo tiempo más como un grito de rebelión: “Canta, baila, Baby pop / como si mañana, Baby pop / no tuvieras nunca, Baby pop / que volver, Baby pop / Canta, baila, Baby pop / como si mañana, Baby pop / tuvieras que morir”.