El caso Woody Allen: Un hijo toma la palabra | Letras Libres
artículo no publicado

El caso Woody Allen: Un hijo toma la palabra

Moses Farrow, el hijo de Woody Allen y Mia Farrow, defiende a su padre contra las acusaciones de pederastia y describe una infancia traumática con su madre.

Soy una persona muy reservada y no me interesa en absoluto la atención del público. Pero, ante los ataques increíblemente erróneos y engañosos hacia mi padre, Woody Allen, me parece que no puedo permanecer en silencio mientras se le condena por un crimen que no cometió.

Estuve presente ante todo lo que sucedió en nuestra casa antes, durante y después del supuesto acontecimiento. Ahora que la histeria pública de comienzos de este año se ha apagado un poco y tengo algo de esperanza de que la verdad pueda ser escuchada, quiero compartir mi historia.

El 4 de agosto de 1992 era un día cálido y soleado en Bridgewater, Connecticut, pero en nuestra casa familiar, Frog Hollow, había un escalofrío en el aire. Mi madre, Mia Farrow, había salido a comprar con su amiga de la infancia, Casey Pascal. Yo tenía catorce años, y estaba en casa con mi hermana pequeña, Dylan, que acababa de cumplir siete años; mi hermano Satchel, que tenía cuatro años y ahora se llama Ronan, y los tres hijos de Casey. Nos vigilaba nuestra niñera, Kristi, así como la niñera de Casey, Alison, y nuestra profesora de francés, Sophie. La casa estaba llena.

Había otro adulto en la sala de la tele aquel día, sentado en el suelo, viendo ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, con el resto de nosotros: Woody Allen. En apariencia, no era diferente a sus visitas anteriores a nuestra casa de campo. Pero mi madre nos había avisado de que no debíamos perderlo de vista. Estaba comprensiblemente furiosa: siete meses antes se había enterado de que tenía una relación íntima con mi hermana de veintiún años, Soon-Yi, tras descubrir Polaroids de ella en el apartamento de Woody. Durante meses nos había estado taladrando las cabezas como un mantra: Woody era “malvado”, “un monstruo”, “el diablo”, y Soon-Yi estaba “muerta para nosotros”. Este era el estribillo constante, daba igual que estuviera Woody o no. (Lo repetía con tanta frecuencia que Satchel le anunció a una de nuestras niñeras: “Mi hermana se está follando a mi padre”. Satchel acababa de cumplir cuatro años.) Mi madre era nuestra única fuente de información sobre Woody, y era extremadamente convincente.

Como el mayor de los hijos en la casa en ese día de verano, me tomaba muy en serio las advertencias de Mia. Pensaba que mi trabajo era apoyar a mi madre y quería desesperadamente su aprobación, como todos sus hijos. También había aprendido en repetidas ocasiones que ir contra sus deseos tenía repercusiones. Estaría pendiente de Woody hasta que volviera mi madre. Pero en secreto estaba desgarrado.

Para ayudar a explicar por qué, voy a dar un poco de información sobre nuestra familia.

Aunque Woody y Mia nunca se casaron -y él nunca vivió con nosotros ni se quedaba a dormir en nuestro apartamento en la ciudad- solía venir a las 6:30 de la mañana, con dos periódicos y un puñado de magdalenas. Yo me levantaba antes de los demás, y él y yo nos sentábamos en la mesa de la cocina juntos para desayunar. Mientras leía The New York Times, yo cogía el Post e iba directo a los cómics y los crucigramas. Pasábamos un rato tranquilos antes de despertar a Dylan. Le hacía un par de tostadas con canela o miel y se quedaba mientras ella desayunaba. No tenía mucha pinta de monstruo.

Mis hermanos mayores eran todos hijos biológicos o adoptados de Mia y su exmarido André Previn. En 1985 Mia adoptó a Dylan. Dos años más tarde ella y Woody tuvieron a su único hijo biológico, Satchel. A los cuarenta y nueve años, Woody parecía encantado con su nuevo papel de padre.

Mia me había adoptado a mí, su séptimo hijo, como madre soltera en 1980. En 1992 pidió y consiguió que Woody Allen nos coadoptara a Dylan y mí: escribió a la agencia de adopción, explicaba que era un padre excelente. Yo estaba encantado cuando Woody se convirtió oficialmente en mi padre, porque ya había asumido ese papel en mi vida. Jugábamos a la pelota y al ajedrez, echábamos unas canastas. A medida que pasaban los años, Satchel, Dylan y yo nos hicimos visitantes frecuentes de sus lugares de rodaje y su sala de montaje. Por las tardes, venía al apartamento de Mia y pasaba tiempo con nosotros. Nunca vi nada que indicara un comportamiento inadecuado en ningún momento.

Luego, por supuesto, las noticias de Woody y Soon-Yi se hicieron públicas, y todo cambió. Mi madre insistió en que sacáramos a los dos de nuestras vidas, y no tuvimos otra opción que aceptarlo.

Incluso la gente que duda de las acusaciones de abusos de Dylan se aferra a la relación de Woody con Soon-Yi como justificación por su escepticismo hacia él. Los ataques públicos a Soon-Yi de completos desconocidos todavía me desconciertan, así como la desinformación general que tanta gente considera hechos. No es la hija de Woody (ni adoptada, ni hijastra ni ninguna otra cosa), ni tiene problemas de desarrollo mental. (¡Tiene un máster en educación especial por la Universidad de Columbia!) Y la idea de que empezaron a citarse cuando ella era menor de edad es totalmente falsa.

En realidad, Woody y Soon-Yi apenas hablaron durante su niñez. Fue mi madre quien sugirió, cuando Soon-Yi tenía veinte años, que Woody Allen pasara tiempo con ella. Él lo aceptó y empezó a llevarla a partidos de los Knicks. Así es como empezó su romance. Sí, era heterodoxo, incómodo, disruptivo para nuestra familia y le hizo a mi madre un daño terrible. Pero la relación en sí no fue ni de lejos tan devastadora como la insistencia de mi madre en colocar esta traición en el centro de nuestras vidas desde entonces en adelante.

Pero la disfunción fatal de la casa de mi infancia no tenía nada que ver con Woody. Empezó mucho antes de que apareciera y llegaba directamente de una oscuridad profunda y persistente en la familia Farrow.

Era bien sabido en Hollywood que mi abuelo, el director John Farrow, era un bebedor notorio y muy mujeriego. Hubo muchas peleas regadas con alcohol entre sus padres, y Mia me dijo que sufrió intentos de abuso en su propia familia. Su hermano, mi tío John, que nos venía a ver a menudo cuando éramos pequeños, está en la cárcel condenado por múltiples acusaciones de abuso infantil. (Mi madre nunca ha hablado en público sobre esto, ni ha expresado ninguna preocupación por las víctimas de su hermano.) Mi tío Patrick y su familia venían a menudo, pero esas visitas podían terminar abruptamente porque Mia y Patrick terminaban discutiendo con frecuencia. Mi tío Patrick se suicidó en 2009.

Mi madre, por supuesto, tenía su propia oscuridad. Se casó con Frank Sinatra, que en ese momento tenía cincuenta años, cuando ella solo tenía veintiuno. Después del divorcio, se mudó a casa de su amiga íntima Dory Previn y su marido, André. Cuando mi madre quedó embarazada de André, el matrimonio de los Previn se rompió, lo que produjo el ingreso en el psiquiátrico de Dory. Nunca se habló de esto en nuestra casa, por supuesto, y yo no lo supe hasta hace unos años. Pero, al observarlo ahora -como terapeuta además de como testigo- me doy cuenta de que era fácil ver las semillas de disfunción que germinarían en nuestra casa.

Para mi madre era importante proyectar hacia el mundo una imagen de un hogar bien amasado de hijos biológicos y adoptados, pero eso estaba lejos de la verdad. Estoy seguro de que mi madre tenía buenas intenciones al adoptar a niños con discapacidades que venían de las circunstancias más duras, pero la realidad entre las paredes de nuestra casa era muy distinta. Me duele recordar ejemplos en los que vi a mis hermanos, algunos ciegos o físicamente discapacitados, arrastrados por las escaleras para ser arrojados a un dormitorio o un armario, que luego se cerraba con llave desde fuera. Mia llegó a encerrar a mi hermano Thaddeus, parapléjico porque había sufrido la polio, en un cobertizo en el exterior para castigarlo por una transgresión menor.

Soon-Yi era su chivo expiatorio más frecuente. Mi hermana tenía un espíritu independiente y, de todos nosotros, era la que se sentía menos intimidada por Mia. Cuando se veía obligada, reprochaba a mi madre su comportamiento y se producían feas discusiones. Cuando Soon-Yi era pequeña, Mia le había tirado un centro de mesa de porcelana a la cabeza. Por fortuna, falló, pero los fragmentos de la pieza rota le dieron en las piernas. Años después, le pegó con el auricular de un teléfono. Soon-Yi dejó claro que su deseo era sencillamente que la dejara en paz, lo que cada vez fue más común. Aunque su relación con Woody era poco convencional, fue lo que le permitió escapar. Otros no tuvieron tanta suerte.

La mayor parte de los medios dicen que mi hermana Tam murió de un “fallo cardiaco” a los 21 años. En realidad, Tam luchó contra la depresión la mayor parte de su vida, una situación exacerbada por que mi madre se negaba a que la atendieran, insistiendo en que solo estaba “floja”. Una tarde del año 2000, tras una pelea final con Mia, que terminó cuando mi madre se fue de casa, Tam se sucidió con una sobredosis de pastillas. Mi madre contó a los demás que la sobredosis fue accidental, y dijo que Tam, que era ciega, no sabía qué pastillas tomaba. Pero Tam tenía una memoria estupenda y sentido de reconocimiento espacial. Y, por supuesto, la ceguera no le impedía contar.

Los detalles de la sobredosis de Tam y la discusión con Mia que la precipitaron me los comunicó directamente mi hermano Thaddeus, que fue testigo de los hechos. Trágicamente, ya no puede confirmar esta versión. Hace dos años, Thaddeus también se suicidó disparándose en su coche, a menos de diez minutos de la casa de mi madre.

Mi hermana Lark también falleció. Entró en un camino de autodestrucción, luchó contra la adicción y finalmente murió en la indigencia por causas relacionadas con el sida en 2008, a los 35 años.

Para todos nosotros, la vida en la casa de mi madre era imposible si no hacías exactamente lo que te decían, por discutible que fuera la demanda.

El verano entre los cursos de primero y segundo, estaban poniendo nuevo papel de pared en la habitación donde yo dormía, al otro lado del pasillo en el segundo piso de nuestra casa en Connecticut. Yo me preparaba para ir a dormir, cuando mi madre vino a mi cama y encontró una cinta métrica. Me dirigió una mirada penetrante y me preguntó si me la había llevado, porque se había pasado el día buscándola. Le dije que no lo sabía, que quizá se la había dejado uno de los obreros. Me preguntó una y otra vez, una y otra vez.

Cuando no le respondí lo que quería, me abofeteó, tirándome las gafas al suelo. Me dijo que estaba mintiendo y me dijo que fuera a decirles a mis hermanos que me había llevado la cinta métrica. Entre lágrimas escuché mientras ella me explicaba que ensayaríamos un relato sobre lo que debería haber pasado. Ella entraría en la habitación y yo diría que sentía haber cogido la cinta métrica, que me la había llevado para jugar y que no lo volvería a hacer. Me hizo repetirlo al menos media docena de veces.

Ese fue el comienzo de sus entrenamientos, repeticiones, guionizaciones y ensayos: en esencia, lavados de cerebro. Me sentía ansioso y asustado. Una vez, cuando me regalaron unos vaqueros nuevos, pensé que quedarían mejor si cortaba un par de trabillas. Cuando Mia vio lo que había hecho, me azotó repetidamente y me hizo que me quitara toda la ropa, diciendo: “No mereces ninguna prenda”, y me obligó a quedarme desnudo en la esquina de su habitación, delante de mis hermanos mayores, que acababan de cenar con su padre, André. (Cuando hablé con People en 2014 sobre esos episodios, Dylan lo calificó de “traición” y dijo que yo estaba “muerto” para ella. Más tarde, despreció en público los recuerdos de mi niñez diciendo que eran “irrelevantes”. Esto por parte de una mujer que ahora se presenta como “defensora de las víctimas del maltrato”.)

Plantar cara no era una opción viable. Un día de verano, Mia me acusó de dejar cerradas las cortinas de la sala donde veíamos la tele. Las habían echado el día anterior, cuando Dylan y Satchel habían visto una película. Insistió en que yo las había cerrado y las había dejado así. Su amiga Casey había ido a verla y estaban en la cocina, mi madre insistió en que yo las había cerrado. En ese momento, yo no lo aguantaba más y perdí los nervios; grité: “¡Estás mintiendo!”. Me miró con aspereza y me llevó al baño que había junto al salón. Empezó a pegarme de forma incontrolable por todo el cuerpo. Me abofeteó, me empujó y me golpeó en el pecho, gritando: “Cómo puedes llamarme mentirosa delante de mi amiga. Tú eres el mentiroso patológico”. Me sentía derrotado, desinflado, apaleado y abatido. Mia me había quitado la voz y mi sentido de quién era. Estaba claro que no toleraría que me apartara un poco de su realidad bien diseñada. Fue una educación que me hizo, de manera paradójica, fieramente leal y obediente a ella y al mismo tiempo profundamente temeroso.

En pocas palabras, no era un hogar feliz o sano. Lo que nos devuelve al 4 de agosto de 1992.En Twitter, hay desconocidos que me preguntan: “No estabas ahí para ver el abuso, ¿cómo sabes que no sucedió?” Pero ¿cómo podría nadie ver un abuso si no ocurrió nunca?

Como “hombre de la casa” aquel día, había prometido estar atento por si había algún problema, y es justo lo que hice. Recuerdo dónde se sentaba Woody en la sala de la tele, y puedo ver dónde estaban Dylan y Satchel. No es que todo el mundo se quedara pegado en el mismo sitio, pero me esforcé en fijarme dónde iba cada uno. Recuerdo que Woody salió del salón algún momento, pero nunca con Dylan. Iba a otra habitación para hacer una llamada, leer el periódico, ir al baño o salir para tomar un poco de aire y caminar en torno al estanque que había en la propiedad.

Había cinco niños y tres adultas en la casa, a las que se les había dicho durante meses lo monstruoso que era Woody. Ninguno de nosotros habría permitido que Dylan se marchara con Woody, incluso si lo hubiera intentando. La niñera de Casey, Alison, dijo después que entró en la sala de la televisión y vio a Woody arrodillado en el suelo con su cabeza en el regazo de Dylan, que estaba sentada en el sofá. ¿En serio? ¿Con todos nosotros ahí? Y si hubiera presenciado eso, ¿por qué no dijo algo inmediatamente a nuestra niñera Kristi? (También recuerdo que se discutió sobre si esto ocurrió en las escaleras que iban a la habitación de Mia. De nuevo, esto lo habría visto cualquiera que entrara al salón, y asumiendo en primer lugar que Woody consiguió marcharse con Dylan). El relato tenía que cambiarse ya que el único lugar donde se podría cometer cualquier acto de depravación en privado tendría que haber sido la habitación pequeña abuhardillada junto al dormitorio de mi madre en el piso de arriba. El ático se convirtió por defecto en la escena del supuesto abuso.

En su famosa carta abierta de 2014 en The New York Times, la Dylan adulta de pronto parecía recordar cada momento del supuesto abuso, escribiendo “Me dijo que me tumbara boca abajo y jugara con el tren eléctrico de mi hermano. Entonces abusó sexualmente de mi. Me habló mientras lo hacía, susurrando que era una buena chica, que era nuestro secreto, prometiéndome que iríamos a París y sería una estrella en sus películas. Recuerdo mirar fijamente el tren de juguete, centrándome en cómo daba vueltas por el ático. A día de hoy, me cuesta mirar trenes eléctricos.”

Es un relato preciso y cautivador, pero tiene un principal problema: no había ningún tren eléctrico. De hecho, no había manera de que los niños pudieran jugar ahí arriba, aunque hubiéramos querido. Era una buhardilla inacabada, bajo un tejado a dos aguas, con clavos a la vista y tarimas, nubes de aislamiento de fibra de vidrio, lleno de trampas para ratones y excrementos y bolas de naftalina, y repleto de baúles llenos de ropa usada y el vestuario viejo de mi madre.

La idea de que ese espacio pudiera haber albergado un tren eléctrico operativo, que daba vueltas alrededor del ático, es ridícula. Uno de mis hermanos tenía un tren eléctrico, pero estaba en la habitación de los niños, un garaje reconvertido en la primera planta. (¿Quizá sea este el tren eléctrico que mi hermana cree recordar?). Ahora, cada vez que oigo a Dylan hacer una declaración pública sobre lo que supuestamente le ocurrió ese día cuando apenas tenía siete años, solo puedo pensar en ese tren eléctrico imaginario, que nunca mencionó en la investigación original o la sesión por la custodia. ¿Alguien sugirió a la Dylan adulta que ese detalle específico haría su historia más creíble? ¿O piensa realmente que recuerda ese tren “dando vueltas alrededor del ático” del mismo modo que recuerda que Woody Allen le prometía al oído viajes a París y el estrellato (una oferta un poco extraña que hacerle a una niña de siete años, en vez de un juguete nuevo o una muñeca)? ¿Y todo esto ocurrió supuestamente mientras aquellos que prometimos no perder de vista a Woody estábamos en la planta baja, aparentemente ajenos a lo que estaba ocurriendo justo encima de nuestras cabezas?

Al final de la tarde, mi madre volvió con Casey y sus adoptados más nuevos, Tam y el bebé Isaiah. No hubo quejas de las niñeras, y nada raro en el comportamiento de Dylan. De hecho, Woody y Mia salieron a cenar esa noche. Después de la cena, volvieron a Frog Hollow y Woody se quedó a dormir en una habitación de la planta baja, y no hubo, aparentemente, ningún comportamiento anormal por parte de Dylan, y tampoco hubo ninguna queja de los adultos.

La mañana siguiente, Woody seguía en la casa. Antes de irse, deambulé brevemente por el salón y vi a Dylan y Satchel sentados con él en el suelo, apoyados en la pared frente al ventanal. Los niños tenían un catálogo de una tienda de juguetes y estaban marcando los juguetes que querían que les trajera en la próxima visita. Era una atmósfera alegre y de juego, lo que chirría con lo que Mia supuestamente dijo que ocurrió un día antes. Muchos años después, mencioné a Woody lo que recordaba, y dijo que él también lo recordaba vívidamente: me dijo que les había dicho a Satchel y Dylan que marcaran uno o dos juguetes cada uno, pero, se reía, consiguieron marcar prácticamente todos los juguetes del catálogo. Recuerda volver a la ciudad con el catálogo, con la intención de comprar algunos de los artículos que habían seleccionado. Me dijo que acabó conservándolo durante años, sin saber si vería a su hija nunca más.

Curiosamente, fue después de que Woody volviera a la ciudad cuando Mia recibió una llamada de teléfono que cambiaría nuestras vidas para siempre. Era de su amiga Casey, que le avisó de que su niñera Alison había visto a Woody supuestamente colocando su cabeza en el regazo de Dylan, en el sofá de la sala de la tele.

Cuando Monica, nuestra niñera de siempre que no estaba ese día, volvió a trabajar al día siguiente, le confesé que pensaba que la historia era inventada. Monica, que llevaba con nosotros seis años, dimitiría unos meses después. Dijo que Mia la había presionado para que se pusiera de su lado y apoyara la acusación. Fue quien después testificó y dijo que vio a Mia grabando a Dylan describiendo cómo Woody supuestamente la había tocado en el ático; dijo que Mia estuvo dos o tres días haciendo la grabación. En su testimonio dijo: “recuerdo a la señora Farrow diciendo a Dylan en ese momento, ‘Dylan, ¿qué hizo papá…? ¿Y qué hizo después? Dylan no parecía interesada, y la señora Farrow paraba un rato y luego continuaba.” Puedo dar fe de esto, ya que fui testigo de este proceso yo mismo. Cuando otro de los terapeutas de Dylan, la doctora Nancy Schultz, criticó la creación del vídeo, y cuestionó la legitimidad del contenido, también fue despedida inmediatamente por Mia. (Mi madre, para quien la ‘lealtad’ era enormemente importante, también despidió a un cuidador de mucho tiempo, Mavis, alegando que estaba haciendo declaraciones contra ella.)

Durante la audiencia de la custodia, mi madre insistía en que necesitábamos estar juntos como familia. Asustado y derrotado, yo también jugué mi parte. Incluso escribí una carta condenando a Woody, donde decía que había hecho algo horrible e imperdonable, y que había roto mis sueños. Incluso leí la carta a los medios de comunicación que estaban normalmente reunidos a la entrada de la casa, sabiendo que al hacerlo iba a ganar la aprobación de mi madre. Esa denuncia pública de mi padre sigue siendo uno de los mayores arrepentimientos de mi vida.

Más adelante ese año, recuerdo muchas reuniones con abogados y una evaluación a la que fui en New Jersey. Soy vergonzoso por naturaleza y permanecí callado hasta que al final sentí que necesitaba pronunciarme. Le dije a mi evaluador que me sentía atrapado entre mis padres. Después, volví al colegio y mi madre me llamó gritando. “¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¡Has destruido mi caso! Tienes que llamar a tu abogado y decirle que retiras lo dicho, dile que te retractas y que quite tus declaraciones de la grabación.” Sentí que se me revolvía el estómago. Cuando luego hablé con el abogado, repetí las palabras tal cual: “Retiro lo que dije; me retracto y quiero que quite mis declaraciones de la grabación.” De nuevo se cumplía el patrón: mi madre me forzó a seguir su guion para probar mi lealtad.

Aunque todavía nos daba lecciones sobre “estar juntos como una familia”, al principio de mi segundo año de instituto, mi madre me envió contra mis deseos a un internado en Connecticut. Le dije que quería quedarme en Nueva York; le dio igual. Ya no era de utilidad para el drama familiar. Había hecho mi declaración contra mi padre, mi trabajo estaba hecho, y ahora me echaba.

Por entonces, por supuesto, no sabía nada de la investigación criminal de seis meses dirigida por la Clínica para los abusos sexuales de niños, del hospital de Yale/New Haven, ordenada por la policía estatal de Connecticut. Pero como las alegaciones se renovaron hace unos pocos años, he visto los resultados de esa investigación. Concluía específicamente que “Dylan no fue abusada por el señor Allen”, que sus declaraciones tenían una “naturaleza ensayada” y que fueron “probablemente fomentadas o influidas por su madre”. Estas conclusiones encajan perfectamente con la experiencia de mi infancia: preparación, influencia, ensayo, son tres palabras que resumen exactamente cómo mi madre intentó criarnos. Sé que Dylan se ha referido recientemente a esta teoría del lavado de cerebro como una “manipulación” de nuestro padre, pero no fue nada de eso. Esta no fue solo la conclusión a la que llegó una investigación estatal, era la vida real en nuestro hogar.

Esa investigación puso fin a cualquier posibilidad de cargos criminales contra mi padre. Una segunda investigación de 14 meses, por el departamento de servicios sociales del estado se Nueva York, llegó a la misma conclusión que la de Yale/New Haven: “No encontramos evidencias creíbles de que [Dylan Farrow] ha sido abusada o maltratada.” Sin embargo, cuando un juez dio la custodia de Satchel y Dylan a Mia, yo tenía 15 años y elegí el camino de la menor resistencia, y me quedé con mi madre.

Poco después de graduarme de mi máster a los veinticinco años, sentí que quería contactar con Woody, y se lo dije a Mia. Nunca olvidaré lo feliz que me sentí cuando recibí un email suyo diciendo que me apoyaría, y que comprendía mi necesidad de tener una figura paternal. Esa felicidad duró poco. Menos de 24 horas después cambió de opinión y me escribió diciéndome que me prohibía contactar con “ese monstruo”.

Varios años después, me fui separando de mi madre, pero he necesitado años de autorreflexión, ayuda profesional y apoyo de quienes quiero (y quienes me quieren de vuelta) para apreciar la triste verdad de mi infancia y lo que mi madre nos hizo a mí y a mis hermanos. Estoy agradecido de haber podido despertar y haber visto la verdad de lo que nos ocurrió, pero a la vez estoy decepcionado de haber tardado tanto en llegar aquí.

Sin embargo, mi padre sigue enfrentándose una y otra vez a oleadas de ataques constantes e injustos de mi madre y sus suplentes, que cuestionan por qué se le ha perdonado todo estos años. Pero a Woody no se le ha perdonado todo. Más bien lo contrario. La acusación de Mia fue investigada completamente por dos agencias diferentes y nunca se presentaron cargos. Mia alcanzó el final del camino legal después de que se comprobara que el abuso nunca ocurrió. Pero el juicio mediático prospera gracias a la falta de memoria a largo plazo, y Twitter no necesita ni conocimiento ni restricciones.

A todos aquellos que estáis convencidos de la culpabilidad de mi padre, os pido que consideréis esto: en esta época de #MeToo, cuando tantos pesos pesados del cine se enfrentan a decenas de acusaciones, mi padre solo ha sido acusado de mal comportamiento una vez, por una expareja enfurecida en mitad de unas negociaciones beligerantes por una custodia. A lo largo de 60 años bajo el foco, ninguna otra persona ha comparecido para acusarlo siquiera de comportarse mal en una cita, o actuar inapropiadamente en cualquier situación profesional, y menos aún de abusar de un niño. Como soy un profesional formado, sé que la pederastia es una enfermedad compulsiva y una desviación que demanda repetición. Dylan había estado sola con Woody en su apartamento en numerosas ocasiones a lo largo de los años sin que hubiera una pista de comportamiento inapropiado, y sin embargo hay quienes te hacen creer que a los 56 años, de pronto decidió convertirse en un pederasta en una casa llena de gente hostil a la que se le había pedido que lo vigile como un águila.

A los actores que han trabajado con mi padre y han expresado arrepentimiento al hacerlo: os habéis unido rápidamente al coro de condena en base a una acusación desacreditada por miedo a no estar en el lado “correcto” de un gran movimiento social. Pero en vez de aceptar el relato de la turba de Twitter, que repite sin pensar una historia investigada y desacreditada hace 25 años, por favor considerad lo que tengo que decir. Después de todo, estuve ahí -en la casa, en la habitación- y conozco tanto a mi madre como a mi padre y lo que cada uno es capaz de hacer mucho mejor que vosotros.

A mi hermana Dylan: como tú, creo en el poder de hablar públicamente. He roto mi silencio sobre el abuso infligido por nuestra madre. Mi curación comenzó solo después de alejarme de ella. Y lo que te ha hecho a ti es insoportable. Te deseo paz, y la sabiduría para entender que dedicar tu vida a ayudar a nuestra madre a destruir la reputación de nuestro padre no creo que te permita pasar página de manera definitiva.

Finalmente, a mi madre. Una cosa que decías que apreciabas de mí era mi habilidad para escuchar. Te escuché durante años y consideré tu verdad por encima de las demás. Una vez me dijiste: “No es sano aferrarse al odio”. Y sin embargo aquí estamos, 26 años después. Imagino que tu siguiente paso será lanzar una campaña para desacreditarme por hablar en público. Sé que es lo que toca. Y es una carga que estoy dispuesto a soportar. Pero después de todo este tiempo, ya basta. Ambos sabemos la verdad. Es hora de que acabe este castigo.

Traducción de Daniel Gascón y Ricardo Dudda.

Con el permiso del autor. Publicado originalmente en el blog mosesfarrow.blogspot.com