artículo no publicado

Alegato en favor de las palabras tachadas en rojo

Fernando Iwasaki cuenta cómo nacen y mueren las palabras, y reivindica la riqueza del español de las dos orillas del Atlántico.

El teclado suele subrayarnos palabras en rojo. Lo mismo sucede con las aplicaciones de móvil como WhatsApp, que además en seguida nos corrigen dando lugar a malentendidos. Los programas informáticos no las reconocen la mayoría de las veces porque o son muy antiguas para esta tecnología o, principalmente, son creaciones tan nuevas que aún no las han incorporado a su diccionario (de hecho, mientras escribo, Word acaba de subrayar WhatsApp como si no existiera sobre la Tierra). Tampoco entiende esas elaboraciones que hacemos todos nosotros con la gramática interna que tenemos en nuestro cerebro y sobre la que ya reflexionaron lingüistas como Noam Chomsky. Y ahí entran todas las conjugaciones “nuevas” (googlear, otra también en rojo), la incorporación de sufijos, prefijos, etc. Por muy lista que sea esta máquina con la que escribimos, nosotros, con el lenguaje, siempre seremos más rápidos.

De esto trata el libro más reciente del escritor Fernando Iwasaki, Las palabras primas (Páginas de Espuma), ganador del premio de Ensayo de Málaga. El autor, nacido en Perú, de padre japonés, y afincado en Andalucía desde hace años, sabe que posee una mezcolanza en su español muy notable y ha construido un alegato a favor de las aquellas palabras que nos nutren a todos los hispanohablantes y que, por desgracia, se van perdiendo por su uso, o, afortunadamente, son nuevas incorporaciones a nuestro vocabulario.

“¿No es curioso que a los procesadores de textos digitales se les atraganten tanto las nuevas palabras como las antiguas? Esas son todas las palabras que me interesan: las palabras primas […] que son las que se prestan a los juegos y las que siempre nos permiten hacer cosas con la lengua”, escribe Iwasaki ya en el prólogo de un ensayo que es, ante todo, humorístico a la manera de Chesterton y Montaigne, en el que la principal premisa es jugar.

Iwasaki no cree, pese a este influjo tecnológico que nos tacha, nos coarta y nos obliga a escribir con un lenguaje estandarizado, que hoy hablemos peor que hace dos o cinco siglos. “Cada época tiene su manera de hablar. En los años sesenta la ciudad miraba por encima del hombro al campo porque se pensaba que hablaban peor; pero en el campo existía un acervo que hoy sí que se ha perdido. Sin embargo, los procesadores de texto no pueden almacenar la capacidad de juego con el lenguaje que tenemos nosotros. Cada época va cambiando, pero no es ni mejor ni peor”, afirma.

El hecho, además, de que el lenguaje siempre esté en una discusión es, para él, una muestra de la importancia que le damos. Así, destaca cómo recientemente han surgido polémicas por el habla andaluza en series de televisión: por ejemplo, La peste, emitida por el canal de pago Movistar, fue criticada porque, según algunos espectadores, no se entendía, aunque para Iwasaki “fue un problema técnico, ¡si ni siquiera los andaluces entendían lo que decían!”. O el asunto del género en las palabras, que para el escritor se adscribe a cierta tendencia en la cual “hay palabras que nos molestan e intentamos cambiar su significado. Pero yo pienso que si una palabra tiene una carga negativa, se va perdiendo. Sucedió, por ejemplo, con ‘maricón’, que está bien que se pierda por su carga vejatoria”. Al escritor le exaspera más que se pierdan términos que tuvieron su riqueza, pero que hoy apenas entenderíamos ¿O alguien, de una primera lectura entendería hoy “aricar las páginas de prensa”? La RAE sale al quite: arar. Lo que en sentido metafórico sería leer con atención la prensa. O algo así, entiendo.

A lo largo de todo en el ensayo, Iwasaki enfatiza la riqueza del español, sobre todo en las palabras de ida y vuelta entre España y América Latina. Es deudor de los discursos que ya profirió Unamuno en una reunión de académicos con motivo del IV centenario del descubrimiento de América en 1892, donde reprochaba a la RAE que no se atreviera a incluir palabras americanas y viceversa. “Esto nos enriquece. Mi propio español no es el mismo que el que hay en Perú”, admite. Así, por estas páginas se deslizan palabras como “ahorititita”, que es ese diminutivo de “ahora”, pero que no significan lo mismo en España que en América. Si en España señala que la cosa se hace “ya”, en América significa que la cosa todavía puede ir para largo. U “ojana”, que se delimita a Andalucía y que es algo así como “dorar la píldora” (por cierto, también tachada en rojo en este Word). O muchos otros términos que proceden del flamenco o de las tradiciones andaluzas a las que les ha costado ser incluidas en el diccionario, como “seguiriya” (un palo del flamenco) o “saetero/a” (persona que canta saetas).

“En realidad, me preocupan mucho más las palabras que la RAE elimina de la norma que las que incorpora. Me da igual que nuestro acervo sea más rico con “amigovio”, “toballa” [–ambas tachadas en rojo–], pues somos mucho más pobres tras la eliminación de voces como “niervo” o ‘“lindaño” [en rojo]. La indigencia de nuestra expresión oral empobrece al DRAE, ya que consagra en la norma vulgarismos como ‘iros’ (…) La RAE ya no siempre da esplendor, ¡pero no vean como limpia!”, escribe Iwasaki acerca de la incorporación y desaparición de palabras. Aquel lío de “iros” todavía colea...

La conclusión del escritor, en cualquier caso, es que el lenguaje no nos separa. Todo lo contrario. O no debería. Ni a España de América Latina, ni viceversa. “Lo que no puede haber es una especie de esperanto hispánico porque sería matar todas las personalidades del español. Y menos mal que los escritores del boom no tuvieron un corrector de estilo, porque si no las novelas hubieran sido muy diferentes. Cualquier escritor puede enfrentarse a todos los –ismos”, sostiene. Tampoco debería abrir zanjas en la propia España. “¡Pero si hay buena parte del vocabulario español que es catalán, como falda, cordel…! Una cosa es el catalanohablante y otra el político”, dice Iwasaki.