Madres e hijas | Letras Libres
artículo no publicado

Madres e hijas

"Mi hija solo tiene tres años y cuando se enfada me grita que ya nunca más va a ser mi amiga. Yo le respondo que siempre voy a ser su madre. Creo que esto es una síntesis de Lady Bird."

Sobrerreaccionar. La protagonista de Lady Bird, la primera película como directora de la actriz y guionista Greta Gerwig, se pasa la mayor parte de la película con el brazo escayolado porque se lo rompe después de tirarse del coche en marcha mientras su madre conduce. Christine, que rechaza su nombre y lo cambia por Lady Bird, está discutiendo con su madre sobre a qué universidad ir, después de haber hecho la gira preuniversitaria y haber visitado algunas de las candidatas. Han escuchado el audio libro de Las uvas de la ira y las dos se han emocionado. Han sido veintiún horas de Steinbeck. Las discrepancias empiezan pronto: sobre si poner música o seguir en silencio, sobre si ir a una universidad de la costa este o a una cerca de su casa, en Sacramento. Sobre dónde cursar el último año de instituto: a su madre le da miedo la escuela pública. Lady Bird abre la puerta con tranquilidad y se tira del coche, una manera curiosa de zanjar la discusión.

Sacramento, California. Greta Gerwig (1983) nació y se crio en Sacramento, California. Como la escritora Joan Didion, de quien usa una cita para abrir la película: “Quien habla del hedonismo de California nunca ha pasado una Navidad en Sacramento”. Ese es uno de los problemas de Christine/Lady Bird: se aburre en Sacramento. Ella quiere estar donde está la cultura, en Nueva York. Por eso quiere estudiar en alguna universidad de la costa este. Pero tiene varios elementos en contra, sobre todo, el dinero. Vive “en el lado equivocado de las vías del tren”, como ella misma bromea. Su madre es enfermera de psiquiatría, su padre se queda sin trabajo. El hermano (adoptado) y la novia de este también viven con ellos y trabajan en un supermercado. Lady Bird tiene inquietudes y sueños pero no es lo suficientemente buena alumna como para que la admitan en las universidades buenas. Eso se lo dicen hasta las monjas que dirigen el colegio en el que cursa su último año antes de la universidad.

Ser adolescente. Su mejor amiga y ella hablan de cómo han descubierto el orgasmo. También roban obleas, sin consagrar, y se las comen entre horas. Van juntas a las pruebas para el musical de navidad y las cogen a las dos. Allí, Lady Bird se enamora del protagonista, que es pelirrojo, de familia conservadora y rica. Su amiga está enamorada del profesor de matemáticas, que es cómicamente guapo. Ella es la mejor alumna. Lady Bird en cambio es un desastre en matemáticas. La adolescencia es una búsqueda de la identidad (esa búsqueda, por cierto, no se acaba en la edad adulta, lo que sucede con el paso del tiempo es que se comprende que la búsqueda puede durar para siempre), y eso es lo que hace Lady Bird: tratar de saber quién quiere ser y dar los pasos adecuados que la acerquen a su objetivo. Así que se junta con otro grupo, finge que es rica, miente y deja de lado a su mejor amiga. Hace el amor por primera vez y se equivoca en algunas cosas, pero nada definitivo. Unos amigos me decían que la película les había decepcionado porque respondía demasiado al cliché indie. Seguramente tienen razón. También tiene razón Fernanda Solórzano en su crítica de la película. El encanto de Lady Bird no está en el uso del lenguaje cinematográfico, pero para mí lo tiene: es emocionante en el retrato de la adolescencia y la construcción de la identidad. Y tiene sentido del humor, sexo torpe, drogas blandas y bailes de instituto.

Nunca más voy a ser tu amiga, pero siempre voy a ser tu hija. Lady Bird se pelea con su madre, parecen condenadas a no entenderse. Se ofenden por cosas absurdas y su relación está basada en una incomprensión mutua. A la hija le molesta que la madre no le diga que el vestido le sienta bien, a la madre que use dos toallas para secarse después de la ducha porque eso trastoca su calculado plan de intendencia doméstica. La relación entre las dos, ese jugar al ratón y al gato, esa necesidad de borrar las huellas de la madre en ella, ese impulso de negar lo que hay de la madre en ella para luego reconocerlo y entregarse a ello fue lo que más me gustó de la película. También me gustaron la relación con su mejor amiga y el retrato de la amistad femenina, y la complicidad con el padre (su aliado en el plan para poder estudiar en Nueva York). Pero la película se sostiene en ese tira y afloja en el que, además, es fácil verse reconocido. Yo he sido esa adolescente caprichosa que creía que el mundo se ceñía a sus problemas y a sus necesidades. Ahora soy esa madre que trata (a veces a gritos) de mostrar que el mundo no se acaba en los caprichos de uno. Mi hija solo tiene tres años y cuando se enfada me grita que ya nunca más va a ser mi amiga. Yo le respondo que siempre voy a ser su madre. Y creo que es una síntesis de Lady Bird.