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El día que conocí al Chapo: encuentro de narcisistas

El día que conocí al Chapo es un producto divertido que expone algunas aristas que bien podrían ser retomadas con mayor profundidad por otros medios.

Si definimos al narcisismo como la excesiva complacencia de las propias facultades u obras, todos hemos pecado de contemplar en algún momento nuestro reflejo con reverencia absurda e injustificada. Como patología, el narcisismo rebasa la mera vanidad. Para los narcisistas extremos, la única necesidad digna de satisfacer es la de ser alabados de manera constante. Lo demás es secundario, en el mejor de los casos, o irrelevante, en el peor. En términos clínicos, un individuo socialmente disfuncional que se siente autorizado para controlar a otras personas, o vive una fantasía donde se ve a sí mismo como superior a sus compañeros, reúne los requisitos del denominado trastorno narcisista de la personalidad.

Lo que distingue al mito de Narciso es un yo ensimismado -un convencimiento de la importancia individual como eje de todas las cosas- y no tanto el elemento de una persona enamorada de sí misma. Es por eso que también se habla del “Narciso invertido”: una persona fascinada con su propio horror y proclive a entablar relaciones codependientes con otros narcisistas. El “Narciso invertido” tolera altas dosis de abuso y se disfraza de víctima para poder erigirse como el centro de atención, pero su lógica ulterior, como las del Narciso tradicional, es totalmente egoísta. Sicólogos como Robert Hare, autor de Without Conscience: The Disturbing World of the Psychopaths Among Us (The Guilford Press, 1993), han vinculado al narcisismo con el mundo de los sociópatas. Los síntomas son similares: ausencia de empatía, remordimiento o culpa; deseo exacerbado de control; autoestima distorsionada; tendencia a la mentira; comportamiento agresivo; propensión a la irresponsabilidad, entre otros factores. Otros, como nos lo recuerda la serie Mindhunter en su tercer episodio, han estudiado la intersección de la fama con la sociopatía bajo la lógica de que una estrella necesita mantener un alto grado de celebridad como pilar central de su ego.

El día que conocí al Chapo: la historia de Kate del Castillo, serie documental disponible en la plataforma Netflix, narra el encuentro de tres narcisistas. El primero es Joaquín Guzmán Loera, “el Chapo”, exlíder del Cártel de Sinaloa hoy recluido en Estados Unidos. Guzmán Loera, uno de los narcotraficantes más poderosos de la historia, puso en jaque durante varios años al gobierno mexicano gracias a su notable capacidad para salir airoso de las situaciones más extremas, incluidos un par de escapes espectaculares de centros penitenciarios de máxima seguridad. La segunda narcisista es Kate del Castillo, actriz de telenovelas que emigró a Los Ángeles en busca de desarrollar una carrera en Hollywood y protagonista de La reina del Sur, serie basada en el libro homónimo de Arturo Pérez Reverte y una de las narconovelas favoritas del “Chapo”. El tercer narcisista es Sean Penn, actor y realizador estadounidense de fama internacional que en años recientes ha construido una carrera paralela como activista y vocero de causas que van desde la ayuda de damnificados en Haití a actividades proselitistas para apoyar regímenes antagónicos a los gobiernos de su país. 

La balada de Kate y Sean

Producida por 25/7 y dirigida por Carlos Armella, El día que conocí al Chapo está estructurada en tres episodios de alrededor de una hora de duración. El primero, Destinados a conocerse, se centra en las historias de Kate y “el Chapo”, ambos descritos como personajes luchones y rebeldes que a su manera se levantaron contra un sistema que impedía su superación. La actriz tuvo que enfrentar la objetivación sexual de Televisa, empresa que le otorgó varios estelares de telenovelas desde su debut en Muchachitas (1991), pero que, nos dice el documental, también trató de prostituirla en cenas con ejecutivos de agencias de medios que contrataban publicidad en la empresa. Lustros después, Kate busca nuevos horizontes en Estados Unidos, donde confiesa que no ha logrado superar la esquematización de la que son víctimas las actrices latinas en Hollywood, forzadas a interpretar estereotipos como sirvientas y criminales.

En paralelo, a través de testimonios no exentos de admiración formulados por diversos comentócratas de la vida nacional, conocemos la historia de Guzmán Loera, quien se sobrepuso a la pobreza mediante la construcción de un imperio criminal en Sinaloa que extendería su influencia a lo largo de la región. Un día de enero de 2012, acompañada de una copa de vino, Kate escribe un manifiesto al estilo de God, de John Lennon, donde además de enumerar las cosas e instituciones en las que ya no cree (el matrimonio, la religión, el gobierno), conmina al Chapo a empezar a traficar con el bien. ¿No estaría padre, Sr. Chapo?, manifiesta Kate, no sin antes declarar con contundencia que Guzmán Loera le inspira más confianza que el gobierno de Peña Nieto. Kate sube la carta a Twitter y México arde. Una vez mermada la polémica, “el Chapo” contacta a la actriz debido a que intuye que tiene un “gran corazón”, razón por la que ha decidido otorgarle los derechos para filmar su vida. Kate contacta a Fernando Sulichín, productor de Oliver Stone que le había manifestado a la actriz que el realizador de Pelotón y JFK “salivaba” por filmar la vida del Chapo. Sulichín involucra al productor José Ibáñez y a Sean Penn. Dos productores reconocidos y una superestrella hollywoodense interesados en la película, todo un sueño hecho realidad para la figura de las telenovelas.

La segunda parte del documental, Cara a Cara, narra los encuentros de los actores con Guzmán Loera, quien se había fugado del Penal del Altiplano, en Estado de México. La rebelde de la primera hora es ahora una víctima, pero no del narcotraficante con el que se encuentra en la jungla -y quien siempre la trata con un respeto que raya en veneración-, sino del actor que según la prensa rosa “le ha roto el corazón” a Madonna y Charlize Theron. Lejos de tomarse en serio la cinta que Kate quiere filmar, lo que en verdad desea el protagonista de 21 gramos es entrevistar al Chapo para Rolling Stone y detonar, según le confesaría al entrevistador Charlie Rose en 60 minutes, un debate sobre el “tráfico de drogas”. Compañeros y amigas de Kate nos sugieren que fue utilizada por Sean, quien la sedujo para empujar su agenda propia. Una vez que obtuvo lo que quería, la abandona a su suerte respaldado por una carta de Rolling Stone que lo avalaba como periodista y lo inmuniza a cualquier investigación por parte de las autoridades estadounidenses. “Pues, caí, amiga”, le revela Kate a la periodista Lydia Cacho mientras beben una copa en la terraza de su casa de Los Ángeles.  El tercer episodio, Las consecuencias, aborda la batalla de Kate contra las autoridades mexicanas, quienes se ensañan de forma injustificada -y bastante torpe- con la actriz. La serie termina con la estrella presentando una demanda contra el gobierno mexicano en una corte internacional. A manera de remate, antes de los créditos finales, el documental establece que Sean se negó a ser entrevistado para la película.

Sean

Nueva pornografía

“El chisme es la nueva pornografía”, sostiene Yale (Michael Murphy), el amigo de Woody Allen en Manhattan (1979). Puede ser. Es por ello que el primer impulso frente a El día que conocí al Chapo sea descartarla como una colección de chismes diseñada para capitalizar lo que queda del morbo por saber los pormenores de un escándalo que impactó a la opinión pública. El documental, sin embargo, es un producto divertido que expone algunas aristas de interés que bien podrían ser retomadas con mayor profundidad por otros medios (¿cuántas veces hemos visto, por ejemplo, los entretelones del star system de la televisión mexicana?).

La serie también revela la egolatría sociópata de Penn: el considerado como mejor actor de su generación -y alguna vez promisorio director de Into the Wild y la casi obra maestra The Pledge-, ahora es un galán decadente obsesionado con una idea infantil de progresismo que lo mismo lo lleva a apoyar dictadores en Venezuela que a entrevistar a fugitivos peligrosos disfrazado de periodista. El día que conocí al Chapo es la gran venganza de Kate. Decía el poeta W.H. Auden que Narciso no se enamora de su reflejo porque este sea bello, sino porque es suyo. Si fuera su belleza la que lo hechiza, se vería libre al perderla tras el pasar de los años. Se podrá tachar de irresponsable a la actriz, pero no cabe duda que cuenta con un alto instinto mercadotécnico que la va a mantener vigente durante mucho tiempo. Un logro mayor en una industria que tiende a desterrar de los roles protagónicos a las mujeres mayores de 40 años. El día que conocí al Chapo es, por mucho, el trabajo más interesante de su carrera. Sólo durante su hora final deja de ser la memoria tendenciosa (aunque divertida) de un delirante encuentro entre narcisistas para naufragar en un panegírico que se pasea entre la propaganda y el product placement de Ingobernable, la telenovela más reciente de Kate, y Honor, el tequila de la actriz cuya marca se mantiene omnipresente en botellas, fiestas y cojines a lo largo de las tres horas que dura el documental.

Kate Netflix

Narco con conciencia social

En el México de las viejas telenovelas de Televisa sólo había dos caminos para avanzar si no se nacía rico: ganarse la lotería o ser reconocido como el hijo bastardo de un millonario. Irónicamente, aquí se nos presenta una tercera vía: nacer pobre y morir “narco”. En algún momento del trabajo realizado por Armella, Guzmán Loera es mencionado por uno de los entrevistados en el mismo aliento que Pablo Escobar, un asesino capaz de secuestrar mujeres y niños, pero que también era visto como un Robin Hood comprometido con su comunidad.

Al igual que la Colombia de Escobar, México vive enamorado de la mitología del narco. Más que padecer el “síndrome de Estocolmo” —término que se le da al afecto que un secuestrado puede sentir hacia su captor tras un tiempo prolongado de captura—, México sufre del “síndrome Tony Montana”: glorificamos estereotipos criminales con el mismo encanto hipnótico con el que vimos el ascenso y caída de Tony Montana en Cara cortada, la película dirigida por Brian De Palma en los ochenta. Vemos al narco como todo un ejemplo de movilidad social. No es casual que Oliver Stone, guionista de Cara cortada, “salive” por filmar la película del “Chapo”. La gente le aplaude al narco debido a que golpea a un sistema que identifica como corrupto y abusivo, pero también está aterrada de oponerse a los criminales que controlan de facto la toma de decisiones de buena parte del país.

Durante varias ocasiones, una buena parte de los entrevistados de El día que conocí al Chapo mencionan la necesidad de presentar completa la historia de Guzmán Loera, con “lo bueno y lo malo”, como si ambas dimensiones fueran exactamente proporcionales, dos caras de una sola moneda. Lo cierto es que no hay mucho de bueno en estas historias. Casi todo, en realidad, es terrible. La creencia pintoresca de creer en una industria del narco con conciencia social es una mentira. Sostener lo contrario es vivir en una telenovela.