artículo no publicado

Honestidad intelectual en la ciencia y la política

El 7 de noviembre de 1917, la tarde en que los bolcheviques tomaron el Palacio de Invierno, Max Weber dictó una célebre conferencia sobre la ciencia como vocación cuyos conceptos tienen ecos intelectuales hasta este momento.

El 7 de noviembre de 1917, la tarde en que los bolcheviques tomaron el Palacio de Invierno, Max Weber habló en Múnich sobre La ciencia como vocación, según el deseo de un grupo de estudiantes. Eran jóvenes que se resistían a integrarse en las retrogradas y nacionalistas asociaciones que hasta principios del siglo veinte habían dominado la juventud académica alemana por completo. Los estudiantes que escuchaban a Max Weber eran liberales de izquierda, socialdemócratas, judíos, mujeres. La conferencia había sido organizada por el Freistudentischer Bund (Alianza Libre de Estudiantes) porque se le había acusado de no discutir el concepto de profesión, a pesar de la creciente importancia de la especialización dentro de las universidades, a la que muchos estudiantes se oponían, pues preferían que en éstas se transmitiese una “cultura” (Bildung; literalmente, formación) así como visiones del mundo (Weltanschauungen). Muchos estudiantes en busca de “sensaciones” así como numerosos literatos sentían nostalgia por una era de “humanidad plena y hermosa”, más bien griega, y denostaban la idea de profesión como un becerro de oro para el mundo burgués europeo occidental y americano. Weber no tuvo ningún empacho en decirles que esa era había pasado: “sólo mediante la rigurosa especialización puede el científico hacer suya la sensación plena de haber logrado algo duradero”. Precisamente el limitar una actividad es lo que la dota de sentido, y no sólo en la ciencia, sino en todas las profesiones.

El modo en que Weber planteó este y otros problemas de la ciencia moderna tuvo gran repercusión. Entre el público aquella tarde estaba Karl Löwith, el discípulo de Heidegger. Según Löwith, en la conferencia estaban “concentrados la experiencia y el conocimiento de una vida”; escucharla había sido para él, “una redención”. En las siguientes décadas él y mucho otros leyeron a Weber, para apoyarse on the shoulders of a giant, como hizo Carl Schmitt, o para rebatirle, como los miembros de la Escuela de Fráncfort. Las ideas expresadas en La ciencia como vocación pasaron a formar parte del debate intelectual en la Alemania de Weimar, como mostró recientemente Joshua Derman, en España durante la Segunda República, y después en Estados Unidos y en el resto de América. Durante la Guerra Fría el argumento de que es posible una separación entre hechos y juicios de valor se convierte en la línea argumental de quienes aspiran a hacer de las ciencias sociales y en particular de la sociología una ciencia tan parecida a las ciencias naturales que pueda tener acceso a las subvenciones de la National Science Foundation, en aquel momento en discusión. Eso es lo que pretendió Talcott Parsons en “Social Science: a Basic National Resource” (1948).

Pero, sin aspirar a ser exhaustivo, aparte de la separación de hecho y juicios de valor, ¿de qué más trata La ciencia como vocación? Uno, de las condiciones materiales en las que se hace ciencia, del crucial papel del azar en las carreras académicas, y de la amargura de los jóvenes científicos que no salen adelante. Dos, de las cualidades que el científico ha de aportar, la embriaguez (Rausch), que le lleva a pensar que su destino depende de resolver un pasaje, las dotes y la inspiración. Tres, de la vocación de la ciencia dentro del conjunto de la vida humana. ¿Cuál es su valor? Según Tolstoi, ninguno, pues la ciencia no responde a las preguntas sobre qué hacer ni sobre cómo vivir. En el vocabulario de La ciencia como vocación, mientras que “los viejos dioses salen de sus tumbas y aspiran al poder sobre nuestras vidas”, la ciencia no nos dice si debemos elegir entre la belleza, la fama, el saber, la riqueza, el pacifismo o la solidaridad.

Para Weber, lo más valioso que la ciencia aporta no es información sobre los medios necesarios para alcanzar un objetivo ni sobre las consecuencias inevitables asociadas a ese objetivo o a los medios que requiere. En realidad, lo distintivo de la ciencia es que nos ayuda a “rendir cuentas sobre el sentido último de nuestras propias acciones”. Dicho de otro modo, la ciencia nos muestra que “el sentido de tal o cual opinión sólo puede derivarse de modo consecuente de una posición básica conectada a una visión del mundo.” El no cumplir con el sencillo deber de honestidad intelectual nos impide hacernos responsables de nuestras acciones y relativizarlas; significa renuncia a la “claridad”.

Aquí se aprecia la conexión con el presente, cien años después. La ciencia señala los medios que llevan a los fines elegidos por los políticos y las consecuencias de esos medios y de esos fines. Además, nos deja entrever las posiciones básicas en que descansa una opinión. Cuando Carles Puigdemont publicó ayer para The Guardian que “The 2015 elections delivered a clear majority in favour of Catalan independence: 72 seats out of 135”, sin mencionar que esa mayoritaria parlamentaria estaba basada en una minoría de votos, revela que en su visión del mundo la nación, compuesta sólo por los independentistas, cuenta más que la regla democrática de la mayoría de todos los catalanes o que los procesos de toma de decisión en el Parlament catalán. No es que Puigdemont esté mintiendo sino que está faltando al deber de honestidad intelectual y relativizando sus acciones.

El ejercicio de identificar las posiciones básicas se puede hacer también con los rivales: cuando el gobierno español envió a miles de policías a Cataluña para intentar impedir un referéndum sabía que el único medio de intentarlo era la violencia, cuyo uso aceptó. Más interesante aún es que si el gobierno opinaba que podía siquiera intentarse detener un referéndum al que estaba convocados millones entonces, según una visión autoritaria del mundo, la ley y las decisiones judiciales derivadas de ellas existen con independencia de que las personas crean en su legitimidad.

Al poco de la fallida revolución de los Espartaquistas, Weber les dijo a los estudiantes en enero de 1919, “muy poco de lo que he esperado y deseado se cumplirá, en diez años habrá irrumpido el tiempo de la reacción”; fueron catorce. A nosotros aún nos queda la duda.