artículo no publicado

¿Es posible hablar de intimidad en tiempos de neurotecnología?

Si la neurotecnología permite recolectar y almacenar información del cerebro humano, ¿son los derechos actuales suficientes para la protección del individuo?

Vas manejando en una carretera larga y recta y tu concentración comienza a fallar, pronto vas a cabecear. Si cierras los ojos aunque sea por unos segundos es posible que causes un accidente o mueras. Una de las aplicaciones de la neurotecnología ofrece una posible solución para disminuir la cantidad de accidentes causados por manejar con cansancio. Se trata de Mind Sense, que está siendo desarrollado por Land Rover en conjunto con la NASA. Este programa percibe cuando el conductor pierde la concentración, y le envía una señal de alerta haciendo que el pedal o el volante vibren.

Según algunos tecnólogos, los neurodispositivos reemplazarán gradualmente a los teclados, las pantallas táctiles, el mouse y los comandos de voz. Esto no significa que en el futuro cualquiera podrá tener la fortaleza mental de un jedi, sino que podremos estar conectados a dispositivos que, tras leer nuestras ondas cerebrales, las conviertan en un comando. Los potenciales empleos de la neurotecnología son de lo más variados y van desde permitirle a las personas mover su silla de ruedas mediante comandos mentales y movimientos faciales o controlar ciertos componentes de una casa inteligente con la mente, hasta el neuromarketing (como el que aparece el Futurama).  Vale la pena preguntarse qué retos se presentarían ante este panorama.

Ernesto Garzón Valdés distingue entre lo íntimo, lo privado y lo público. Lo primero se encuentra en “el ámbito de pensamientos de cada cual, de la formación de decisiones, de las dudas que escapan a una clara formulación, de lo reprimido, de lo no expresado, de lo inexpresable”. Garzón lo considera parte del proceso para forjar la propia identidad. Lo privado es de acceso restringido a un grupo selecto: el sujeto de los datos y las personas a las que les sea revelada dicha información. Por ejemplo, si A tiene cáncer, ese dato lo conocerán, A, el médico que realizó el diagnóstico y las personas a las que A decida informarles de su condición. Los pensamientos que transcurren por la mente de A mientras recibe el diagnóstico son de su esfera íntima. Por supuesto que A puede decidir hacer públicos sus más íntimos pensamientos, pero eso debe ser por decisión propia.

Ciertamente las revelaciones íntimas llevan una fina edición personal, no en todos los casos se muestran en crudo. La neurotecnología puede inquirir dentro de la intimidad, sin ediciones. ¿Qué implicaciones puede tener que la neurotecnología permita rebasar los límites de lo íntimo e indagar en el pensamiento? Por un lado, encierra el peligro de impedir, modificar o destruir el proceso de creación autónoma de la personalidad al que se refiere Garzón. Entrar en la esfera íntima del pensamiento podría significar incluso un atentado en contra de la libertad personal, ¿qué clase de libertad tiene un individuo que no es libre de pensar lo que se le pegue la gana o que no pueda estar solo en compañía de sus pensamientos? ¿Qué clase de ciudadanos se formarían bajo semejante régimen? Garzón recuerda que solo las sociedades que mantienen a salvo de escrutinios públicos las esferas íntima y privada pueden construir instituciones democráticas.

Por otra lado, si la neurotecnología permite acceder, recolectar, compartir, manipular y almacenar información del cerebro humano, ¿son los derechos actuales suficientes para la protección del individuo? Para Burkhard Schaffer, la respuesta es negativa, y pone a consideración dos casos: un iPad cuyo contenido puede ser desencriptado con ayuda de las ciencias de la computación, y un cerebro humano, cuyo contenido puede ser revelado con asistencia de la neurotecnología. Ambos elementos guardan información personal, sensible, confidencial. Los datos contenidos en el iPad se encuentran protegidos por el marco normativo actual, los datos contenidos en el cerebro humano, no. Tal vez la diferencia sea que el cerebro humano guarda todas las intenciones, todas las ráfagas de pensamiento por fugaces que sean. De ser contrarias a la ley, ¿serían esas intenciones vigiladas y castigadas? Esto nos lleva a pensar en la Policía del Pensamiento que refiere George Orwell en 1984, y también en The Minority Report, de Phillip K. Dick.

En este orden de ideas, cuatro derechos han sido propuestos para evitar una invasión indiscriminada al cerebro humano:

  • Derecho a la libertad cognitiva: implica la libertad del individuo para aceptar o rechazar alteraciones mentales con ayuda de neuroherramientas.
  • Derecho a la privacidad mental: implica la protección a la información cerebral obtenida mediante neurodispositivos para evitar que personas no autorizadas tengan acceso a esa información.
  • Derecho a la integridad mental: su propósito es impedir la manipulación directa y forzada de la red neuronal de una persona (eso que supuestamente buscaba lograr el proyecto MKUltra).
  • Derecho a la continuidad psicólogica: dado que las intervenciones neurológicas pueden alterar los recuerdos y percepción propia de la persona, este derecho busca preservar la identidad del individuo frente a modificaciones que no hayan sido consentidas.

Además de estos derechos, sería deseable que la batería de protecciones a la información personal tal como la conocemos aplicara de igual forma a la información obtenida del cerebro. Volvamos al ejemplo inicial: ¿a dónde irían a parar los datos obtenidos por el automóvil respecto de la cantidad de veces que cabeceas cuando manejas? Ese dato seguramente le interesaría a las compañías aseguradoras para determinar con mayor precisión el riesgo que representas.

Los avances en neurociencias y neurotecnología no tienen que significar necesariamente violaciones a la intimidad,  siempre que exista un marco normativo adecuado en el que la información cerebral se entienda también como información personal. Esa discusión no debe ser postergada, para así evitar consecuencias negativas no deseadas que conviertan los temores plasmados por la ciencia ficción en una realidad.